Opinión
Humildad
Por Ciencias
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
Hace poco tiempo he tenido la fortuna de viajar a Islandia, esa porción de corteza submarina sorprendentemente fraguada fuera del mar. Antes de hacerlo quise leer algo sobre la deriva continental y la tectónica de placas, asuntos marginales a mis inquietudes profesionales pero de inexcusable interés cuando de Islandia se trata, puesto que es una isla literalmente parida por la costura viva entre las placas europea y americana.
Como muchos de ustedes saben, hace menos de un siglo nadie pensaba que los continentes se desplazaran, por más que un cartógrafo de Felipe II, llamado Ortelius, sugiriera ya en el siglo XVI que, a la vista de sus contornos, “América debió ser arrancada de Europa y África por terremotos e inundaciones”.
La afirmación de Ortelius quedó olvidada hasta que, entre 1912 y 1924, el alemán Alfred Wegener publicó su teoría de la deriva de los continentes, que en su opinión habrían formado uno solo en el pasado, Pangea, y estarían separándose.
Aunque no tuviera ni idea de por qué ocurría (o, más bien, sí que tenía ideas al respecto, pero todas equivocadas), lo cierto es que Wegener había dado en el clavo. Sin embargo, en su momento fue ridiculizado, y murió en 1930 en Groenlandia, en el curso de una expedición científica, ignorante del reconocimiento que merecía.
Tan tarde como en 1954, por ejemplo, el entonces geólogo más importante de la Unión Soviética, Beloussov, escribió a propósito de los planteamientos de Wegener: “Es una fuente de profundo asombro que una hipótesis tal (…) mereciese la atención de la comunidad científica”. ¿Por qué motivo los investigadores somos tan reacios a aceptar nuevos paradigmas, o tan ciegos ante nuevas evidencias?
Aludiendo al caso de la deriva continental, el profesor de la Universidad de Buenos Aires José Sellés-Martínez aporta reflexiones interesantes. Wegener basó su hipótesis, entre otras cosas, en la coincidencia de los fósiles en continentes alejados entre sí.
Aunque nadie discutía ese hecho, el debate posterior se apoyó no tanto en el hecho en sí cuanto en las interpretaciones, consideradas irrefutables por cada uno de los intérpretes. De este modo, algunos adversarios de Wegener postulaban: “Puesto que coinciden los fósiles en continentes distantes, es evidente que alguna vez existieron puentes entre ellos”. Otros defendían: “La coincidencia de fósiles en continentes separados es una demostración palpable de que los mismos seres vivos han sido creados en distintos lugares”.
Y así más y más explicaciones. Sellés-Martínez aclara que, en ciencia, no podemos ir más allá de defender explicaciones concordantes con los hechos (conocidos en un momento dado) y por tanto plausibles (en ese momento). Y concluye: “Quizás una mayor proporción de humildad sería fundamental para no cometer el error de, en la vehemencia de la discusión, olvidar la verdadera dimensión de nuestra ignorancia y sobrevalorar la de nuestro saber”.