Opinión
La injerencia petrolífera
Por Juan Carlos Escudier
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No hay que ser un geoestratega diplomado para aventurar que las actuales cautelas para declarar una zona de exclusión aérea en Libia o armar decididamente a los rebeldes contra Gadafi desaparecerían de inmediato si de los yacimientos de crudo emergieran columnas de humo visibles desde Occidente. Más que humanitaria, lo que cabe esperar, por tanto, es una injerencia petrolífera en la que se trata de implicar a otros países árabes y africanos, reacios a una acción militar porque ellos mismos tienen sus barbas en remojo. Será el precio del barril, y no las atrocidades de lo que es ya una guerra civil o el drama de los refugiados, lo que decidirá la intervención.
El mejor termómetro de las intenciones de los Gobiernos es la opinión de sus multinacionales. En 2009 cuando Gadafi era un entrañable excéntrico a quien el Rey visitaba en Trípoli, Repsol producía 360.000 barriles diarios y su presidente, Antonio Brufau, veía con buenos ojos que el dictador se sentara en su consejo: “Tener al Gobierno libio en el accionariado, con la relación que tenemos, no sólo por ser el país donde más barriles producimos sino por tener una historia de estabilidad jurídica y de comunicación… para mí sería un plus, porque habría siempre valor añadido en tener un socio con las reservas que tiene este país”.
Tras suspender sus operaciones y repatriar diligentemente a su personal, Repsol ha reducido su producción a 160.000 barriles. A finales de febrero, Brufau evitó “por respeto” referirse a Gadafi, a quien ya no veía como socio, pero avanzó el criterio de la compañía: “Ahora pensamos en términos sociales y sociopolíticos. Ya tocará pensar en términos económicos”, declaró.
Estamos a las puertas de esa tercera fase económica. Es justo lo que pensó el Gobierno al reunir hace dos semanas a su gabinete de crisis, más preocupado de los eventuales problemas de suministro que la de crisis humanitaria de los libios. Zapatero sería partidario de una intervención avalada por el Consejo de Seguridad de la ONU y la Liga Árabe. No se puede estar en contra de impedir una carnicería, aunque sea por el petróleo.