Opinión
Si no le ponen bombas es que ha cedido
Por Manolo Saco
Ayer fue uno de esos días en que me hubiese gustado no ser periodista, no tener que haber estado pegado por obligación al televisor y la radio y tener que soportar tanta dosis de grosería y bilis política, ni tener un blog en el que contarlo. Mi mujer dedicó la tarde al cine, tan ricamente, arremolinada en el sillón, ajena al espectáculo bochornoso de los pujaltitos del PP en el Congreso de los Diputados, insultando chulescamente desde sus escaños, como pandilleros de barrio, interrumpiendo el discurso del presidente del gobierno, enardecidos por su jefe, Mariano Rajoy, quien pronunció su apocalipsis más crispante, más grosera y más golpista de toda su carrera política (¡y mira que tenía alto el listón!). Mi mujer me hizo una visita al despacho, entre peli y peli, me apartó el casco de la oreja derecha, y me preguntó si había habido algún atentado u otra desgracia. “¿Te has visto las ojeras?”
Mi mujer venía de su Arcadia y no se había enterado de que el jefe de la oposición, el presidente de un partido democrático, acababa de acusar a su presidente del gobierno de connivencia con los terroristas y de acordar con ellos pactos secretos: “Si usted no cumple sus compromisos, le pondrán bombas, y si no se las ponen, es que ha cedido”. Leedlo otra vez, con calma. Sí, ha dicho lo que parece que ha dicho, pero la fiscalía no puede en este caso actuar de oficio porque al parecer el ciudadano Mariano Rajoy está facultado por nueve millones de votantes para, entre otras cosas, utilizar su escaño para cometer el delito de calumnia y, de paso, extender por todo el país la baba de la desazón y la sospecha, pues necesita que todos nosotros le acompañemos en esa amargura y rabia que arrastra desde el 14 M.
Es lo que tienen los salvadores, que primero te amargan la vida para así tener una excusa con la que poder salvarte. Es una herencia directa de aquella España cutre de mi niñez en que la clerigalla nos quería a todos sumidos en un “valle de lágrimas”, elevando a virtud el sentimiento de culpa de todos sus fieles e infieles, prohibiendo todo placer que no tuviera como fin último el traer al mundo hijos al servicio del Señor. La técnica curil del valle de lágrimas la tienen ya incorporada a sus genes y la aplican con técnicas modernas para matar las ilusiones de todo un pueblo, para que les ayudemos a sobrellevar su tristeza, pues la ilusión colectiva de un futuro en paz es para ellos un sinvivir.
Cada vez que abre la boca Mariano Rajoy es para darnos un disgusto, para contarnos una tristeza, una profecía desgraciada, la recurrente mentira de que viene el lobo. Es de esos cenizos que cuando les das los buenos días te contestan: ¡pues anda que tú!... Comparte con los partidos de extrema derecha europeos ese porte, esa afectación del que soporta sobre sus hombros el peso de la salvación de la humanidad, trabajo a dedicación completa que no le permite ni una alegría, ni una palabra amable, ni una sonrisa, ni una palmadita en la espalda a los españoles que todos los días nos ponemos a temblar antes de que abra la boca en el telediario para regañarnos, para avisarnos de que las malas compañías a las que votamos están rompiendo España y llenándola de negritos que se van a comer el pan de nuestros hijos.
Les aplico a ellos la misma filosofía que a su dios. Aunque existiese, me negaría a acompañarlo, por triste, por injusto, por vengativo, por el peaje de sufrimiento que nos quiere hacer pagar para gozar de su mierda de paraíso. El camino al paraíso de Mariano Rajoy es igual de tenebroso, empedrado de falsedades de las que ha tomado buena cuenta la Hemeroteca Nacional, de cuentos de miedo, de ruedas de molino que hay que tragar en cada estación antes de que nos salve en las próximas elecciones.
Lo que sí hay que romper de una vez es la creencia de que una oposición así puede ser algún día una compañera de viaje en un futuro consenso. Zapatero se hartó inútilmente, a pesar de los desprecios recibidos, de tender la mano a Rajoy para invitarle a un futuro pacto contra el terrorismo, ampliado a todos los partidos. Fue un espectáculo lamentable, la imagen de un presidente del gobierno noqueado todavía por la bomba, una imagen que más parece de desorientación que de talante, pues el talante educado se lee siempre como debilidad ante el abuso de la chulería de un matón.
Se acabó. Zapatero no puede continuar mendigando a esa oposición un consenso que no desea, una oposición que ha hecho precisamente de la lucha antiterrorista el eje de la batalla por el poder. Porque contra todo lo que dicen los agoreros, si difícil parece alcanzar la paz con ETA sin el consenso con el Partido Popular, lo que es seguro es que con semejante socio jamás se alcanzará la paz, una paz insoportable para los profetas del desastre porque sería leída por la ciudadanía como un éxito del gobierno socialista. “Conmigo no cuente”, le ha dicho Rajoy. Más claro, imposible.
Pues eso, no contemos con ellos.