Opinión
La locomotora carmesí
Por Joan Garí
-Actualizado a
El sábado pasado, Robert Fisk se refería en estas páginas a la serie Apocalipsis de National Geographic. Se trata de un resumen, en seis episodios, de las imágenes más emblemáticas rescatadas de los nutridos archivos visuales de la última gran conflagración global. Al columnista de The Independent no le convencía la solución coloreada. El origen de su escepticismo parecía referirse a un pequeño trauma infantil: a los 3 años, sus padres le regalaron una foto pintada a mano por el fotógrafo, con tal mala fortuna que éste había asignado a su locomotora de la London Midland & Scottish Railway el color azul, cuando el distintivo de la compañía era el carmesí.
La anécdota me sorprende devorando la serie de National Geographic. Son unos documentales apasionantes no por lo que contienen de nuevo, sino por la sintaxis pulcra con la que encadenan los acontecimientos conocidos por todos, conjugando los vídeos de los grandes protagonistas con las escenas del horror cotidiano. Sólo los pasajes relacionados con la Shoah se han mantenido en blanco y negro, supongo que para evitar dar argumentos a los negacionistas. En La lista de Schindler, Spielberg utiliza el recurso monocromo en todo el metraje, excepto para resaltar a una niña judía que sale del gueto envuelto en llamas. La niña aparece de color carmesí. De pronto, el recuerdo de esa pequeña con su muñeca en brazos se enmadeja con la locomotora de Robert Fisk. La memoria organiza sus bucles. Verdad y ficción se entremezclan y el color pasa a constituir una fuente de indeterminación histórica. Si la locomotora no es azul, ¿por qué pintarla así?