Opinión
Malas compañías muy buenas
Por Manolo Saco
Yo tendría unos seis o siete años, y muy mal diente. Mi madre me daba de comer a collejas, no por crueldad, sino para meterme la cuchara en la boca cuando yo la abría para llorar. Papillas, cremas, clara de huevo, la maldita sopa de estrellitas, albóndigas de pelota de golf, canelones y una lista interminable de alimentos que parecían diseñados exclusivamente para mi tortura. En el parque jugaba conmigo un niño gordito de mi edad que se merendaba unos bocadillos monstruosos y que al terminar, inexplicablemente, se tragaba un puñado de tierra del jardín, esa tierra oscura y mullida que imagino poblada de gusanos. Era la atracción del parque. Yo en el cole presumía de mi amigo cometierra como del que convive con algo exótico, una serpiente pitón o una jirafa. Yo, todo remilgos, pasé las enfermedades infantiles de rigor, tifus, paperas, varicela y diarreas varias. Y él creció sano y gordito a pesar de su extraña dieta, como esos animales que ingieren arena para mejor hacer la digestión.
Con los años me explicaron que mi compañero de juegos estaba así inmunizado, como los perros que lamen todas las mierdas de la calle y restriegan el hocico por cuanto foco de bacterias se pierde por las aceras. Cuenta la leyenda que algunos césares de Roma incorporaban veneno a su dieta diaria en cantidades homeopáticas para que su organismo se encontrase inmunizado en el más que probable día en que un cocinero sobornado por los conspiradores cometiese un atentado culinario.
El otro día un estudio elaborado por un equipo del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla llegaba a la conclusión de que los adolescentes que tienen un acercamiento prematuro al sexo, al consumo moderado de alcohol o padecen más conflictos familiares, desarrollan en la adolescencia una mayor autoestima y menos problemas emocionales o depresiones. Como si esos comportamientos que tanto nos asustan cumplieran una función inmunizante, como si constituyesen un aprendizaje para madurar antes que los niños que se atienen a conductas más tradicionales. (¿Será esta la clave de la convocatoria del macrobotellón? ¿Una fiesta de borrachera colectiva para acelerar la madurez?)
Mi falta de aprendizaje en las comidas hizo que mi paladar tardase muchísimos años en madurar. Como en otros órdenes de mi vida, gracias al ambiente represor de aquella época. Como, por ejemplo, el sexo. Supongo que todos los adolescentes crecíamos al ritmo lento de nuestro despertar sexual, hasta que alguien, de pronto, nos metía en la boca ese puñado de tierra vegetal que habría de acelerar nuestra madurez. Un día en que acudí a confesarme una vez más de lo mismo, el cura me hizo de pronto la pregunta clave que tanto habría de marcar mis relaciones futuras con las mujeres de mi vida. Yo era un niño todavía más inocente que hoy, y la pregunta retumbó por mi cerebro con un estruendo tal que no alcancé a oír bien si el director espiritual me había puesto un credo y dos avemarías de penitencia o si me había desahuciado. Porque más que una pregunta, aquello era una pista; más que un confesor, aquel curita era un verdadero amigo: “¿Lo haces solo o en compañía?”, me preguntó. Todas mis neuronas se fueron pasando el recado unas a otras con la celeridad del rayo: “Oye, que por lo visto eso mismo se puede hacer con otro o con otra. Y además, tal como lo preguntó el cura, debe de ser buenísimo”.
Y era buenísimo, según supe por el hermano mayor de un compañero que, aunque llevaba varios años de instrucción haciendo solitarios, presumía de malas compañías muy buenas. Pero en aquellos tiempos era muy difícil pecar a coro, o entre dos. Ya no digo nada en macrobotellón. Toda mi generación tuvo que conformarse con entrenar su organismo manualmente, en cantidades homeopáticas, como los césares. Quizá por eso de mayor, de tan inmunizado que me quedé, no me comí una rosca.