Opinión
Máquinas y almas
Por Ciencias
EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
Coincidiendo con el intenso debate sobre la IA (Inteligencia Artificial) suscitado por Los electroduendes, que aún colea (ver blog), he visitado la fascinante exposición Máquinas y almas, en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Líquidos ferromagnéticos que responden a la voz del espectador, “espejos mecánicos” que nos devuelven nuestra imagen tal como la perciben los ordenadores, un androide de expresivo rostro que canta una canción especialmente compuesta para él por David Byrne... ¿Pueden llegar a tener alma las máquinas?
Para contestar esta inquietante pregunta, antes tendríamos que definir con precisión lo que entendemos por “máquina” y por “alma”. Roger Penrose, entre otros, ha argumentado con solidez (sobre todo en su libro La nueva mente del emperador) que la inteligencia creativa y autoconsciente (que podría ser una definición laica de “alma”) no puede reducirse a un mero conjunto de algoritmos. Pero los ordenadores no tienen por qué ser meramente algorítmicos, y puesto que no sabemos cómo se produce la chispa de la conciencia, no podemos excluir la posibilidad de que salte, de forma espontánea o inducida, en los superordenadores del futuro. Aun en el supuesto de que la inteligencia tuviera que ver con aspectos todavía desconocidos de la mecánica cuántica, como sostiene Penrose, esos hipotéticos procesos criptocuánticos no tendrían por qué ser exclusivos de la vida orgánica.
Y aunque así fuera, la imitación de la vida, incluso de la vida racional, no tiene límites, al menos en teoría. Aunque las máquinas nunca lleguen a pensar realmente (sea lo que fuere lo que eso significa), se comportarán de una forma cada vez más autónoma y creativa, y puesto que de los demás sólo podemos saber lo que hacen y dicen, y no lo que piensan o sienten en su fuero interno, si la conducta de una máquina parece inteligente, será, a todos los efectos prácticos, como si lo fuera. El impacto psicológico y sociológico de esta revolución inminente será sin duda enorme, y por más que la ciencia ficción, tanto literaria como cinematográfica, haya abordado la cuestión desde innumerables ángulos, seguramente el futuro inmediato nos depara sorpresas que no podemos ni imaginar. Es muy significativo que la ciencia ficción, tan audaz en lo tecnológico y tan conservadora en lo sociológico, no previera la aparición de Internet. Y aunque las leyes de la robótica de Asimov rijan la conducta de los androides, ¿qué nuevas cláusulas del contrato social regularán nuestra propia conducta?