Opinión
Las mujeres, ¿menos animales?
Por Ciencias
ZOOLOGÍA PLAYERA // AMBROSIO GARCÍA LEAL
*Biólogo e investigador de la sexualidad humana
Llego a la playa y ocupo el último hueco disponible, junto a una pareja de gays entrados en años. Los conozco de vista porque, como las cigüeñas, vuelven cada verano y se instalan en el mismo sitio. En teoría, nada puede contravenir más el imperativo darwiniano que la monogamia homosexual. Y también existe fuera de la especie humana. No hace mucho se supo que tres de las cinco parejas de pingüinos de un zoo alemán estaban formadas por machos. Para remediar la situación se introdujeron otras cuatro hembras (con pocas esperanzas de éxito, porque las parejas de pingüinos raramente se rompen una vez consolidado el vínculo). La medida suscitó una ola de protestas por parte de activistas homosexuales, que la consideraban una injerencia en la vida sexual de las aves, y la directora del zoo tuvo que alegar que si había intentado revertir la homosexualidad de sus pingüinos, era porque estaban en peligro de extinción.
Pero los pingüinos no son como las personas. Lo que ocurre es que su instinto de emparejamiento es tan fuerte que, a falta de hembras, un pingüino macho cortejará a lo más parecido a una hembra que vea; y a fin de cuentas, un macho es indistinguible de una hembra (tanto es así que el personal del zoo tardó años en percatarse de la existencia de parejas de machos). Pero si no encontrara ningún congénere soltero, cortejaría a un pingüino de otra especie con tal de emparejarse. Atribuir una vena homosexual a los pingüinos no tiene mucho más sentido que atribuirles una vena mineral porque se dedican a incubar cantos rodados a falta de huevos. Quienes pretenden naturalizar la homosexualidad humana apelando a ejemplos animales cometen el error de humanizar al animal y de animalizar al ser humano, presentando como homología lo que no pasa de ser una analogía forzada.