Opinión
'La nave de los locos'
Por Antonio Caballero
-Actualizado a
Ni siquiera ha empezado la conferencia internacional de Copenhague sobre el clima y ya se anuncia que es un fracaso. Con razón: todas las conferencias internacionales son un fracaso. Vaticinar que van a serlo no tiene ningún mérito, y aún menos cuando el vaticinio es unánime. Pero en este caso, tal vez más que en cualquier otro –incluidas las conferencias internacionales sobre el control de las armas nucleares, que han sido siempre un fracaso y sin embargo llevan 50 años logrando el asombroso resultado de que el mundo no ha estallado todavía en una explosión atómica–, en este caso es necesario que de la reunión de Copenhague salga alguna clase de éxito.
Porque viajamos en el mismo barco. Y poco a poco nos hemos ido dando cuenta. Primero la gente próspera de los países prósperos, que se puede dar el lujo egoísta de la lucidez global. Y después los demás. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que el planeta es uno solo, y es natural que los pobres, o los más recientes nuevos ricos, se den cuenta más tarde. China, India, Brasil, se percatan con retraso de lo que ya entendieron (aunque no hayan querido aceptarlo del todo) Estados Unidos o la Unión Europea. Nos hemos ido dando cuenta de que ese barco es la suicida nave de los locos que pintó el Bosco. Y de que el piloto que la lleva es el más loco y el más ciego, a quien siguen los demás ciegos, como en la Parábola de los ciegos que pintó Brueghel el Viejo: con lo cual todos, tras su guía, acaban en el fondo de una zanja.
Ese par de pintores flamencos del siglo XVI son nuestros guías. Nos indican, al menos, que hay una zanja a nuestros pies.
Un éxito solo, tal vez, saldrá de Copenhague: el reconocimiento por parte de los dos países más contaminantes del planeta, los Estados Unidos y China, de que contaminar es, a largo plazo, malo. Aunque a corto plazo sea bueno.
Ya vendrán otros detrás. Es decir, detrás de los políticos. Porque son los políticos de ese par de países destructores los que han aceptado por fin algo que ya era una obviedad para la gente. Los políticos –ellos mismos llevan milenios diciéndolo– son aquellos que piensan en las próximas elecciones (o, para poner esto en una más amplia perspectiva histórica, en las próximas guerras); en tanto que los estadistas piensan en las próximas generaciones. Sólo falta saber si estos políticos son capaces de volverse estadistas. Y en Copenhague veremos algún indicio.