Opinión
En la nevera hay un cadáver de pollo
Por Manolo Saco
Creo que el debate de ayer no deberíamos agotarlo en una jornada. Surgieron temas que merecen la pena ser repensados. Alguno de vosotros, por ejemplo, se refería con sorna al servicio de ambulancia para perros de Madrid, como una perversión del respeto a los animales por parte del mundo civilizado, con el consabido argumento de que primero están las personas. Pero si llevamos el razonamiento al infinito, como jamás estarán totalmente cubiertas las necesidades sanitarias y asistenciales de las personas... el bienestar de los animales debería quedar siempre para después, sine die. Lo cual es absurdo.
Lo que enlaza con lo que otro de vosotros explicaba muy bien, a mi entender, sobre el desprecio subyacente a los animales en muchas culturas, pues sus religiones dominantes desde hace siglos han entronizado al ser humano como el rey de la creación: el resto de los seres vivientes ha sido creado para estar a su servicio, son seres “sirvientes” (como bien nos explica el Génesis).
Recojo también el ingenioso alegato del “habitante del chalet acosado” en el que nos cuenta el abuso de los perros de su comunidad y urbanización, y la falta de delicadeza, educación y tacto inherente a todo bicho viviente. Es cierto, pero el problema no es de los perros, como tampoco lo son las cacas de las aceras de nuestras ciudades, sino de la falta de educación de sus dueños. El carácter de los animales de compañía no es más que el reflejo del carácter de sus amos. Es un problema de educación, que en este caso podríamos llamar, quizá, de entrenamiento.
Pero quisiera ir un poco más allá. Muchos de los que odiamos la brutalidad humana con los animales no ponemos reparos en comerlos en sus más variadas formas. Recuerdo aquella tira cómica de Mafalda en que abre la nevera y sale despavorida gritando hacia su madre: “mamá, en la nevera hay un cadáver de pollo”. Dispuestos a confesar miserias, además de cadáveres de pollo, en mi nevera guardo de vez en cuando, cuando la fortuna me sonríe, ostras y almejas, frescas y vivas. Me gusta comérmelas crudas, retorciéndose con apenas una gota de limón. A veces, según van bajando hacia mi estómago todavía vivas, me imagino a mí mismo como una boa constrictor engullendo a una rata aterrorizada, agonizando lentamente, atacada por los jugos corrosivos del estómago.
Otra de mis debilidades es el foie de oca y de pato, y cuando lo estoy comiendo procuro no pensar (mi lado cínico siempre me salva en los momentos de riesgo) cómo se ha llegado a conseguir ese manjar perfumado, esponjoso, delicadamente graso... después de haber mantenido durante semanas inmovilizado al animal, en una postura torturante, con una sobrealimentación forzada, hasta provocarle una enfermedad hepática que le inflama el hígado (el foie) varias veces su tamaño.
Tenemos una ley, acorde con una directiva europea, que fija los parámetros para el transporte, cría y sacrificio de animales para el consumo humano, en la que se especifica que no debemos ocasionarles “agitación, dolor o sufrimiento evitables”. Por ello se han extendido las formas de atontamiento mediante descargas eléctricas antes de ser pasados a cuchillo. Por fortuna para nosotros, no queremos ni oír hablar de cómo son tratados los 54 millones de animales del censo ganadero español, cómo son trasladados en camiones sin el menor miramiento, cómo viven hacinados, o cómo fueron criados y procesados los 20 kilos de pollo que nos comemos de media cada uno de nosotros al año. Si no fuera por nuestro lado cínico, nos haríamos vegetarianos.
A veces también es el pánico o el sacrificio ritual a los dioses quien nos empuja a la crueldad, y no el hambre. Algunas asociaciones de defensa de los animales nos han puesto sobre aviso de lo que está sucediendo en Turquía como consecuencia de la lucha contra la gripe aviaria. Califican de método “bárbaro” y “cruel” el utilizado para matar las aves contagiadas, al parecer quemadas y enterradas vivas. Y ayer mismo supimos que miles de gallos, cabras, búfalos y otros animales (hasta 20.000) son sacrificados cada año en Khairguda (India) para aplacar la ira divina, lo que en realidad no es otra cosa que la manifestación del pánico de los hombres por el carácter tan peculiar de los dioses. Desde la antigüedad ofrecemos la sangre de nuestros animales antes de que los dioses tomen la nuestra. Para eso somos los reyes de la Creación.
Después de todo esto, me voy a hacer un caldito de verduras, y que sea lo que dios quiera.