Opinión
Newton contra Chaloner (y II)
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla
En la época en que Newton fue director de la Ceca, el proceso de reacuñación de toda la moneda inglesa iniciaba su apogeo. Tal trajín no podía dejar de atraer a una personalidad tan inquieta como la de Newton, por más que su cargo se pretendiera que fuera honorario. Introdujo mejoras en las máquinas de recorte, en el proceso de fundición y aleación de metales, en la estampación y el pulido, etc. Sin embargo, lo más peliagudo era perseguir a los falsificadores. Existía poder judicial pero no policía, por lo que Newton se las tenía que apañar contratando mercenarios y comprando chivatos. Él personalmente espiaba los bajos fondos en tabernas y tugurios. Tenía, eso sí, poder de encarcelamiento y tortura para presentar a los jueces las causas lo más elaboradas posible.
William Chaloner, el rey del hampa londinense del momento, no se conformaba con falsificar monedas, sino que pretendió implicarse directamente en el proceso de reacuñación para, simplemente, aplicar el dicho que el que parte y reparte… Su influencia en las altas esferas le animó a solicitar un puesto en la Casa de la Moneda para un secuaz suyo. En cuanto la propuesta llegó a Newton, no sólo la rechazó sino que mandó detener a Chaloner, porque sabía de sobra que era un falsificador. Durante el breve encarcelamiento antes del juicio, Chaloner juró venganza sabiendo que lo iban a liberar por sus amistades. Así sucedió para pasmo y horror de Newton, que a su vez juró que contra Chaloner él sería la cólera de Dios.
Los cargos cuyas pruebas empezó a acumular Chaloner contra Newton eran de falsificador, porque había sido alquimista y estos no buscaban otra cosa que convertir plomo en oro y él seguramente lo había conseguido; de proxeneta, porque vivía con su medio sobrina a la que arreglaba amancebamientos con la alta sociedad (entre ellos con el conde de Halifax que era quien le había proporcionado el cargo de director de la Ceca); de hereje, por un escrito antitrinitario que había enviado Newton a Holanda para publicarlo allí; de sodomita, por haber compartido durante décadas la misma habitación de Cambridge con un hombre, aparte del inmenso disgusto, conocido por todos, que le produjo el abandono de su amigo Fatio; etc. Cualquiera de estos cargos, y más todos juntos, podía llevar a Newton al verdugo.
La cólera de Dios se desató en forma de unos treinta rufianes encarcelados en la Torre de Londres y torturados sin piedad. La portentosa inteligencia de Newton al servicio de la acumulación de pruebas y confesiones tomó forma de un expediente tan minucioso que los jueces apenas tuvieron que discutir la condena a Chaloner. El último recurso de astuto falsificador fue pedirle clemencia por escrito. Newton no sólo no le respondió sino que ni siquiera fue a presenciar su ahorcamiento, castración y descuartizamiento.