Opinión
Nombres y apellidos
Por Ángeles Caso
Lo malo de esta crisis es que tiene nombres y apellidos. Se llama E., que acaba de perder su trabajo como periodista con 50 años y que probablemente nunca podrá volver a reengancharse. Se llama F., albañil, que ha tenido que irse a Portugal, donde parece que hay algo más de empleo que aquí, y separarse de su mujer y sus hijos. Se llama J., con su pequeño negocio de carpintería de ventanas, a punto de cerrar si no consigue un crédito en los próximos dos meses. Y A., a la que han echado de la casa en la que trabajaba como asistenta, y se ha quedado sin ingresos y con una niña de meses a su cargo exclusivo.
Se llama con los miles, mejor dicho, los millones de nombres de personas que están sufriendo el drama de la falta de trabajo y de dinero. Gentes que padecen cada día una angustia difícilmente superable: la de un presente negro y un futuro en suspenso.
Entretanto, los bancos siguen ganado cifras desorbitadas, pero no confían en ningún cliente. Las grandes empresas, que se embolsaron enormes beneficios en los años de bonanza, no los reinvierten en mantener los puestos de trabajo en tiempos duros, sino que despiden, presentan suspensiones de pagos, planean ERE. Y unos cuantos, no lo dudo, estarán enriqueciéndose aún más en medio de esta terrible situación, a costa de la penuria de muchos. El capital no tiene ética, nos han dicho siempre, desde que Marx dedicara su inteligencia a analizarlo. Pero debería tenerla. Gentes como Mohamed Yunus, “el banquero de los pobres”, han demostrado que se pueden hacer negocios sin perder la decencia. Quizás una crisis como esta sería una buena ocasión para replantearse seriamente y a fondo el funcionamiento del sistema. Pero tal vez para eso quienes lo controlan tendrían que volver a nacer.