Opinión
La nube oscura
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla
Grandiosas nubes de polvo y gas vagan entre las estrellas inmersas en las galaxias. Hay un número de tipos parecido al de las nubes de la atmósfera. Estos tipos los definen la temperatura, la composición, la densidad, etc. Uno de ellos es el que acoge a las llamadas nubes oscuras. Son inmensas y sus siluetas las dibujan las estrellas que las circundan al eclipsar las que tienen tras ellas. Una de estas nubes, la Barnard 68, o B68, está localizada en la constelación de Ofiuco a unos 400 años luz de distancia, es decir, en nuestra Vía Láctea. Tiene una masa aproximada de dos veces la de nuestro Sol.
Dos astrofísicos, el portugués Joao Alves y el alemán Andreas Bürkert, el primero a la sazón director del Observatorio de Calar Alto en Almería, han descubierto una cosa curiosa. Hay otra pequeña nube que se dirige hacia B68. Tiene una masa diez veces más pequeña, pero los cálculos (y la experiencia) indican que la colisión provocará el colapso gravitatorio. Significa esto que la masa de ambas irá cayendo hacia un centro a modo de fina lluvia primero y derrumbándose al fin de manera acelerada. Esta disminución de volumen aumentará la temperatura hasta tal extremo que se desencadenarán las reacciones nucleares: habrá nacido una estrella. Tan magno acontecimiento tendrá lugar muy pronto: dentro de unos doscientos mil años.
El lector puede decirse que muy bien, ¿y qué? ¿Dónde está la gracia de saber que en un conjunto de doscientos mil millones de estrellas que forman nuestra galaxia nazca una más dentro de doscientos mil años? Quien esto suscribe podría dar muchos argumentos tecnológicos, científicos, humanos e históricos de las ventajas que proporciona el saber por el saber. Pero lo hago tantas veces que prefiero brindarle uno distinto. Un gran astrofísico, Fred Hoyle, escribió por los años 50 una novela bastante mala pero curiosa. Se titulaba The dark cloud, o sea, la nube oscura. El protagonista, naturalmente un astrónomo, o sea, él, observa una nube descomunal que en su vagar va engrosando su masa a base de tragarse estrellas con sus cohortes de planetas. Descubre dos cosas pasmosas, una, que se encamina a nuestro sistema solar; otra, que ¡es inteligente! Logra comunicarse con ella y trata de persuadirle de que se desvíe. La nube acepta con la condición de que un espécimen de este sistema solar se entregue a ella para estudiarlo. El astrónomo acepta ser él mismo convirtiéndose en héroe salvador de la humanidad. Cultivar la ciencia tiene razones prácticas y de muchas otras índoles, pero provocar sueños y placer seguramente son las mejores de todas.