Opinión
La nueva vida de La Caixa
Por Vicente Clavero
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Aunque estaba cantado que más bien pronto que tarde tomaría ese camino, ISIDRO FAINÉ ha predicado con el ejemplo al traspasar todo el negocio financiero de La Caixa a un banco, apenas tres días después de que el Gobierno trazara su nueva hoja de ruta para las cajas de ahorros españolas. Una hoja de ruta que el mismo Fainé ha contribuido a moderar apelando a su condición de presidente de la CECA, cargo al que accedió sin ambicionarlo en abril del año pasado por la insistencia de la vicepresidenta económica, ELENA SALGADO, para que diera el paso.
La Caixa tendrá a partir de ahora tres patas: el banco propiamente dicho, con la friolera de 5.400 sucursales en todo el país y que podría operar bajo la marca CaixaBank; la cartera inmobiliaria y de participaciones industriales estratégicas (Gas Natural, Port Aventura o Agbar), y la obra social, una de las más relevantes de España. En este esquema no aparece ninguna fundación, instrumento barajado en principio para proporcionar una nueva piel a las cajas de ahorros, pero que las mantendría dentro del área de influencia de las comunidades autónomas, cosa difícilmente compatible con el objetivo general de avanzar hacia su despolitización.
CaixaBank será el tercer banco de España y el décimo de la zona euro por capitalización bursátil, pero su situación de partida no basta para cumplir las últimas exigencias del Gobierno, que sitúa la cobertura mínima de riesgos en el 8% de los recursos propios, atendiendo a los criterios manejados por Basilea III. De ahí que se vaya a proceder a una emisión de bonos convertibles por importe de 1.500 millones de euros, cuya aceptación por los inversores dará la medida de las teóricas ventajas de la bancarización a la hora de captar dinero en el mercado.
El alambicado procedimiento elegido por La Caixa para transferir su negocio financiero al nuevo banco hace que este nazca ya parcialmente privatizado, pues CaixaBank replicará el accionariado de Criteria, de cuyo capital hay ahora en Bolsa en torno a un 20%. Con esos socios minoritarios tendrá que repartir La Caixa en el futuro los beneficios obtenidos, lo que inevitablemente reducirá el margen de maniobra del que siempre ha disfrutado para dotar su obra social.