Opinión
En ocasiones escucho voces
Por Espido Freire
Las voces que el asesino de Elche escuchaba en su cabeza y que, según él, le impulsaron a matar a su esposa y a sus dos niños hablan ahora de amor, y le han llevado a una conversión religiosa que desearía llevar a cabo entre los muros silenciosos de Silos. Figura hasta la sepultura, el parricida ha elegido uno de los conventos más conocidos, cuyos monjes posiblemente no se sentirán demasiado honrados por la elección.
Dice que se siente a salvo, ya que Dios le ha perdonado. Por lo tanto, nada le importa lo que ocurra en este mundo. Su reino se encuentra al otro lado, inalcanzable para el resto de los humanos. Elegido antes por las voces, ahora lo es por Dios. En lugar de crimen, o de asesinato, habla de pecado. El lenguaje, tan invocado y manoseado por los abogados, hurta violencia a la realidad.
David Berlowitz, el Hijo de Sam, el asesino en serie que tiroteaba desde la distancia, entre la sombra, a parejas neoyorkinas en los años setenta, también se convirtió. Sobrevivió en prisión a un intento de degollación, que le adornó la garganta con sesenta puntos. Él escuchaba la voz de un diablo antiquísimo, de seis mil años, encarnado en el perro de un vecino. Curiosamente, tras los crímenes dejaron de sentir a los demonios. Ya sólo escuchan a Dios.
Berlowitz, que renació al cristianismo tras la lectura del Salmo 34, escribe ahora sus memorias. Ni uno ni otro han reducido lo más mínimo su concepto de grandeza propia.
La soledad del asesino de Elche, la que dice ansiar en misiones, o en un convento, si sale absuelto, no es la de un místico: es la del psicópata. Su ansia de perfección no tiene que ver con la moral, con el refinamiento del alma y sus virtudes, sino con el provecho personal. Los asesinos de este tipo, ansiosos de poder, se excusan siempre en otro: las voces, el diablo, un espíritu. Las drogas, como en el caso del parricida. Incurables, inasequibles al desaliento en la búsqueda constante de su propia voluntad, no pueden convivir. Manipulan, asesinan, matan. Y se creen a salvo.