Opinión
Un papelito
Por Antonio Caballero
Le ha dado la vuelta al mundo una foto de agencia que muestra al Papa Benedicto XVI introduciendo un papelito de petición de deseos entre las viejas piedras del Muro de las Lamentaciones de Jerusalén durante su visita a Tierra Santa. ¿La tierra santa de quién? De tres religiones. Eso ilustra el problema.
La religión judía no es la del Papa. ¿Qué hacía entonces en el Muro de los creyentes judíos, cumpliendo un rito supersticioso de una creencia ajena? Y un rato antes se había descalzado para visitar la mezquita de la Roca, cumpliendo una obligación de los fieles musulmanes. No digo esto por acusar al Papa de haber incurrido en pecado mortal: allá él con su conciencia, y a mí me da lo mismo si se hace echar el tarot o se vuelve francmasón o se casa por un ritual esotérico de la isla de Bali. Pero me pregunto: si hace cosas así, ¿para qué diablos es Papa?
Porque este Joseph Ratzinger nos había acostumbrado a que era un Papa serio. No un presentador de circo, como parecían a veces algunos de sus antecesores, sino un Papa: o sea la cabeza visible de la Iglesia católica, apostólica y romana. Un Papa que, como tal, condenaba como falsas las otras religiones y, dentro de la suya propia, las sectas desviadas de la fe verdadera. Y, por hacerlo, había despertado la animosidad de los mullás, de los rabinos, de los pastores protestantes. Pero ese era su oficio: su función. Como antes, de cardenal, su obligación como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe había consistido en defenderla.
Y ahora nos sale con el gesto demagógico de escribir en un papel una cartita dirigida (así lo divulgó la Curia romana) no al Dios de los cristianos, o sea, a Cristo, sino “al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. O sea, al de los judíos. El cual, digan lo que digan, no es el
mismo.
Con todo respeto, me parece que semejante exceso de respeto por las religiones ajenas no es lo propio de un Papa.