Opinión
No paramos de ahorrar energía
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
La ciudadanía asiste expectante a la tormenta de ideas del ministro Sebastián sobre cómo economizar energía, cuya última novedad consiste en subvencionar la renovación de 240.000 neumáticos, con lo que 60.000 de los más de 30 millones de vehículos que circulan por España serían mucho más eficientes. A un hombre como el titular de Industria, capaz de llenar de bombillas de bajo consumo las oficinas de Correos, no se le puede negar su entrega decidida a la causa del ahorro energético, aunque se eche en falta algún balance sobre el estado de la cruzada y el cumplimiento de las medidas que enarbola.
En julio de 2008 anunció que en el plazo de tres meses el Gobierno propondría reducir un 20% de media el límite de velocidad en los accesos a las grandes ciudades y sus circunvalaciones. Nunca más se supo de esta iniciativa ni de las negociaciones que iban a emprenderse con el Banco Europeo de Inversiones para financiar la construcción de carriles Bus-Vao en las ciudades de más de medio millón de habitantes. Formaba todo ello parte del plan de Eficiencia y Ahorro Energético 2008-2012, que iba a reducir en más de 4.000 millones de euros nuestra factura petrolífera. Se ignora cuánto llevamos ahorrado hasta la fecha.
De aquel plan formaba parte además un ambicioso proyecto para que en 2014 hubiera un millón de coches híbridos y eléctricos circulando por nuestras carreteras, aunque al ritmo actual de ventas –10.000 unidades al año- la meta pudiera retrasarse un siglo. Tampoco se conoce cuántos de los 100.000 semáforos con tecnología LED que a lo largo de 2008 sustituirían a los convencionales han sido colocados. ¿Cuántas de las 20.462 toneladas de petróleo en las que íbamos a reducir el consumo con los nuevos discos habremos dejado de quemar?
El conocimiento exacto de estos detalles nos haría más receptivos a las propuestas contra el despilfarro que, a buen seguro, Sebastián tiene estudiadas. Se lograría también que cambiar un puñado de ruedas dejara de parecernos una bobada o que no nos diera la risa floja cuando se nos sugiera tomarnos templado el café con leche, que todo se andará.