Opinión
Un pitillito después del orgasmo electoral
Por Manolo Saco
Las campañas electorales tienen mucho de instinto animal, como paradas nupciales donde los machos libran combates a brazo partido, casi a muerte, por ganarse los favores de las hembras, que somos los votantes. Es la batalla de la seducción, que te perfora un agujero en el estómago y no te deja pensar más que en eso... en conseguir la presidencia del gobierno.
Y al igual que en los escarceos amorosos, los pretendientes acosan a sus votantes con promesas de amor difíciles de cumplir, y multiplican por radios, televisiones y mítines sus dulces tonterías sin el menor sentido del ridículo. El caso es que todo vale para llevarse al huerto a su objeto de deseo. De la misma manera que se comportan los gatos de mi pueblo, que tienen frita a mi Teresiña, la gata más dulce y más golfa de la comarca, con arrumacos y maullidos que abren las carnes en las noches del frío invierno, pero que no descuidan la pelea abierta con los machos contrincantes para hacer valer el poder de sus genes. Como la vida política misma: por un lado le traigo a usted 400 euros de indemnización por familia, y por el otrole advierto que mi adversario es un bobo solemne, proetarra y hundepatrias.
El tópico manda que después de hacer el amor (yo antes decía follar, pero no es políticamente correcto) el macho de nuestra especie se quite de encima la pierna sudorosa de su amada, arregle el embozo, se encienda un pitillito y disfrute, con los ojos y la mente en blanco, de la calma después de la cabalgada salvaje.
Esa quietud posterior, que no suele durar mucho, es la mejor parte del polvo. El músculo duerme y la pasión descansa. Justo lo que están haciendo estos días los contendientes de los partidos políticos, más preocupados ahora, como los novios de mi Teresiña, en restañar las heridas y arañazos recibidos en la contienda que en asegurar la perpetuación de sus genes.
España, tras el gran orgasmo electoral, es una balsa, un país maravilloso, se respira paz hasta en las horas punta, sin paro ni inflación, con hipotecas que se pagan solas y bombas de ETA que parecen la mascletá.
Durará poco, así que dejadme que me fume en calma el último pitillito.
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Meditación para hoy:
En los años de la postguerra, en los que el régimen tenía muy claro que su estabilidad pasaba por la dosis adecuada de “pan y circo”, sobre todo de deporte, el fútbol compartía con los toros y el boxeo un bloque en los informativos de radio y televisión. Nuestro paso al primer mundo relegó los deportes violentos, como el boxeo o la lucha libre, a un segundo plano y a horarios vergonzantes. Hoy sólo recuerda nuestro pasado salvaje la fiesta de los toros, cuya industria ha tenido la habilidad de convertir la tortura de un animal (me refiero al toro) en arte.
El otro día veíamos a Felipe Juan Froilán, de diez años de edad, hijo de la infanta Elena, quinto en el orden sucesorio de la monarquía, acompañado por su padre Jaime de Marichalar en los toros, en la misma barrera para no perder ripio. El torero tuvo la ocurrencia de regalarle al infante una de las orejas ensangrentadas del toro, pensando quizá que una oreja sangrante es uno de los mejores regalos que se le puede hacer a un niño de su corta edad.
Cuentan las crónica que Felipe la rechazó, pero no sabemos si por repugnancia o por lucidez. Habrá que esperar a que se haga mayor.