Opinión
Los políticos buenos son los profetas del pasado
Por Manolo Saco
Aunque parezca mentira, la civilización, y con ella la cultura -y la agricultura-, nació hace miles de años en los territorios comprendidos entre el Éufrates y el Tigris, justo donde hoy se está librando una guerra civil incivilizada. La Historia gusta de estos sarcasmos. Yo escribí hace años, cuando vi a los norteamericanos ocupando las calles de Bagdad, la extraña impresión que me provocaba la imagen de un marine subido a un carro de combate, bailando provocadoramente, declarando a grito pelado, fusil en mano, su amor por los Estados Unidos, la patria del que se soñaba emperador llamado por dios para civilizar el país mediante la fuerza de las armas. Me costaba creer que aquel guerrero tan primario pudiera estar allí en misión de salvador de civilización alguna.
De aquella Mesopotamia primigenia, Grecia tomaría el relevo civilizador, miles de años después, con un impulso que con los siglos llegaría incluso hasta el condado de Texas, la cuna de George W. Bush. Y de entre todas las artes que alumbró Grecia, nacía una que fue desde entonces el compendio de las buenas y las malas artes del ser humano: la política, o sea, el gobierno de la “polis”, de la ciudad, ingenio imprescindible para que hombres y mujeres podamos vivir en comunidad sin llegar a las manos al menor conflicto, pero que, a fuerza de adulterarlo y de utilizarlo en provecho propio, ha llegado a tener muy mala prensa.
Franco, que se apropió de la política por la fuerza de las armas, la despreciaba. Es famosa su sentencia cínica al aconsejar a un director general: “haga como yo, no se meta en política”. No os extrañe, pues, que muchos confiesen ser apolíticos, como quien reivindica su inocencia, o que cierta clase de gente utilice la palabra política como un insulto contra sus contrincantes, como si se tratase del mal gálico o de la gripe aviar.
Es el caso de José María Michavila, ex ministro de Justicia con Aznar, quien ha dicho del próximo ministro del ramo, Fernández Bermejo: “ya es un político, como quería”, estúpida imagen, viniendo de otro político, pues, sabido es que resulta más difícil aprobar unas oposiciones a fiscal que ser ministro de Justicia, y no digamos ya presidente del gobierno, para el que se exige solamente ser español y mayor de edad. Ni siquiera es necesario ser registrador de la propiedad como piensa Rajoy en su fuero interno.
Debería aprender Michavila de la fuente de la sabiduría, su ex presidente, animal político hasta las trancas, esa versión modernizada y puesta al día de aquel franquito que despreciaba la cosa pública. Aznar, aunque se declara tonto por no haber sospechado que en Irak no había armas de desinformación masiva, o como se llamen, llegó a profesor emérito de política internacional, y no sólo no habla con ese desprecio de su asignatura sino que la ama por encima de todas las cosas hasta el punto de que impregnó de ella toda la vida pública mientras gobernó.
Cierto que no acertó ni una, ni en su análisis de la situación de Irak, ni en todos los males que anunció para España si ganaban los socialistas. Pero como él es profesor, y muy leído, aprendió de Winston Churchill, al que seguramente admira, que no importa errar en el diagnóstico, pues los políticos buenos son los profetas del pasado, y no los del futuro. “El político -decía el inglés- debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana y el año que viene; y de explicar después por qué no ocurrió lo que él predijo”.
Y para esos menesteres, el oráculo de Génova 13 rue del Percebe es insuperable.