Opinión
Racistas
Por Ángeles Caso
A mi amiga N. le pegaron hace unos días en un tren de cercanías. A ella y a su niña de 5 años. N. nació en Cabo Verde, pero tiene la nacionalidad española, porque lleva muchos años trabajando como una burra en este país, cuidando cariñosamente de nuestros niños y nuestros ancianos, atendiéndonos en los bares con su mejor sonrisa, respetando nuestras costumbres y nuestras leyes, pagando sus impuestos, contribuyendo a hacer que España sea mejor y más rica.
N. recogió tranquilamente a su hija en el colegio después de terminar su jornada de trabajo. Se subieron a un vagón medio vacío, camino de su barrio, y se sentaron. Pero entonces llegaron las fieras, dos tiparracas –blancas, por supuesto– que se empeñaron en sentarse donde ellas estaban. Ante el comentario tranquilo de mi amiga –que es, se lo aseguro, muy educada–,
que les proponía cualquier otro de los asientos vacíos, las blancas reaccionaron como perras de presa: rojas de ira, se lanzaron a insultarlas, gritándoles que se volviesen a la selva y nos dejasen a los españoles en paz. Cuando N. agarró a la niña para levantarse y cambiar al fin de sitio, las perras se abalanzaron a pegarlas y darles patadas hasta llegar a hacerles sangre a la cría.
Todo concluyó gracias al apoyo del resto de los viajeros, que insultaron a las racistas tal y como se merecían, y a la intervención de la Policía. Dentro de unos días, habrá un juicio en el que espero que les caiga la pena más justa. Claro que a lo mejor esas dos tías habían recibido la famosa circular policial en la que se anima a detener a cupos de inmigrantes sin papeles, como si fuesen delincuentes de la peor calaña. No lo sé, en cualquier caso, deben de ser unas amargadas de la vida. Vaya par de desgraciadas