Opinión
La razón del sueño
Por Ciencias
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
El discreto encanto –el encantamiento discontinuo– de la religión estriba, en buena medida, en su capacidad de trasladar a la vigilia la plasticidad mental propia de los sueños (de ahí los rituales adormecedores tan frecuentes en todas las religiones: salmodias, melopeyas, cánticos monocordes, rezos repetitivos, etc.). En este sentido, y aunque no aceptemos la abusiva interpretación de los sueños propuesta por Freud, algunas de sus nociones, como la de fusión de contrarios, parecen especialmente adecuadas para explicar ciertos aspectos de la mentalidad religiosa. Pues la religión no solo toma de los sueños la idea de una vida incorpórea en otro nivel de realidad, sino también su discurso superrealista.
En los sueños todo es posible y en sus dominios las cosas más incompatibles pueden coexistir e incluso llegar a confundirse. En el maleable universo onírico, puedo estar simultáneamente en varios lugares o participar en una acción mientras la veo desde fuera, y alguien puede estar vivo y muerto a la vez o ser al mismo tiempo joven y viejo. Todas las noches pasamos varias horas en el mundo de los sueños, y no es de extrañar que seamos tan sensibles a su discurso nebuloso. Un discurso que, convenientemente adaptado al mundo de la vigilia, puede convertirse en un eficaz instrumento de dominación, pues para quienes asumen la arbitraria lógica onírica, nada es inaceptable. Así, un Dios supuestamente justo y misericordioso puede infligir un castigo eterno a un ser de responsabilidad limitada como es el hombre y, aunque ese Dios sea omnisciente y sepa de antemano todo lo que vamos a hacer, somos libres y plenamente responsables de nuestros actos.
Creer en el infierno, o pensar que la predestinación es compatible con el libre albedrío, no es menos absurdo que aceptar un silogismo como: “Todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es inmortal”. ¿Hay que concluir, pues, que los miles de millones de creyentes que hay en el mundo están locos? No, lo que ocurre es que, afortunadamente, hay muy pocos creyentes absolutos y sin sombra de duda: la inmensa mayoría son hombres de poca fe, como nos recuerdan los propios Evangelios.
El pensamiento onírico que subyace a la devoción es un claro ejemplo de pensamiento discreto, discontinuo, que sucumbe de forma intermitente al discontinuo encantamiento de una religión que alterna las proposiciones más razonables con los conjuros más irracionales. La reflexión y el mito juntos. Y a menudo revueltos.