Opinión
Para qué sirve una firma
Por Nativel Preciado
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En otros tiempos se firmaba todo con los ojos cerrados, incluso temerarios panfletos en los que el abajo firmante se sentía groseramente manipulado. Cuesta poco estampar una firma solidaria en un manifiesto de protesta, sobre todo cuando no se corren riesgos. Actualmente, sin embargo, nos hemos vuelto más selectivos frente a las docenas de protestas diarias contra esto y aquello que se cuelan a través del correo electrónico. No es la indiferencia, sino el sentido de responsabilidad lo que nos hace mantenernos al margen de ciertas causas sectarias que no toleran matices. No sé si viene a cuento tanto preámbulo para explicar que suelo firmar las denuncias que se cometen en el mundo si vienen avaladas por organizaciones tan solventes como Amnistía Internacional, Reporteros sin Fronteras o Intermón Oxfam. Y es porque he comprobado que, gracias a millones de firmantes anónimos, han evitado injusticias tan pavorosas como, por ejemplo, la lapidación de alguna mujer nigeriana condenada por un tribunal islámico.
Hace 20 años que RsF puso en marcha una campaña de apadrinamiento de periodistas encarcelados. Junto a otros colegas españoles, fui madrina de Win Tin, un birmano de 78 años afortunadamente liberado gracias a la ayuda internacional. Mi nuevo prohijado también es birmano, se llama Zarganar y ha obtenido el Premio Ciberdisidente 2008. Está en la cárcel por apoyar las manifestaciones de los monjes budistas y denunciar en su blog los abusos de la Junta Militar en el poder. Ha sido torturado en una celda de aislamiento y le han condenado a 45 años de cárcel. Desde mi confortable posición periodística, me uno al pacífico bombardeo de otros firmantes para exigir a sus carceleros que dejen en libertad a Zarganar. Soy menos escéptica desde que Win Tin vive en libertad.