Opinión
¿Por qué somos lilas?
Por Ciencias
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL
Los humanos somos peculiares. Llevamos orgullosos nuestro título de “seres racionales”, pero nos creemos casi cualquier cosa que nos digan. Incluso cuando sabemos que lo más seguro es que nos estén engañando. Y no sólo en época de elecciones. Un ejemplo es el uso de famosos en la publicidad. Esta técnica la inventó el norteamericano Henry Crowell hacia 1881, cuando sacó al mercado los cereales del desayuno. Todos sabemos que les pagan por vendernos la moto, pero muchos picamos. Será por el recuerdo ancestral de seguir al líder de la manada. Nos venden potingues para mujeres maduras anunciados por jovencitas que es lo último que necesitan, o yogures para mantener la línea porque los toman chicas que más bien necesitarían un buen filete.
El uso que hace la publicidad de este túnel de la mente es un ejemplo de lo fácil que resulta engañarnos. Y las conspiraciones a gran escala son nuestra debilidad. Nos fascina pensar que hay un poder oculto capaz de mover los hilos de la historia. Por más rocambolesco que sea el cuento, nos lo creemos a pies juntillas. ¡Sin necesidad de pruebas! Extraterrestres capturados y confinados en una base secretísima, grupos políticos en el 11-S ó el 11-M, la Iglesia católica ocultando documentos durante milenios…
Teniendo en cuenta que somos incluso más chismosos que ingenuos, ¿cómo podemos pensar que haya un secreto que lo conozca mucha gente durante mucho tiempo sin que salga a la luz? En toda conspiración que se precie hay unos pocos que, sin aportar más prueba que su palabra, desenmascara a los poderosos. Dicen que no salen más testigos del montaje porque están amenazados de muerte, pero ¡demonios!, a ellos no se los cargan. Y tragamos. ¿Cómo es posible que millones de personas se creyeran una novela, El Código Da Vinci, sólo porque nos gustan más la leyendas y los mitos que la historia?
No es raro. Los cristianos creen que una mujer puede dar a luz a un niño sin la intervención de un varón; los musulmanes que Mahoma viajó en un caballo alado hasta Damasco; los mormones que su libro sagrado proviene de unas planchas de oro nunca vistas que Joseph Smith descifró en presencia de otros tres testigos –a lo que hay que unir las visitas regulares del ángel Moroni y la más esporádica de Juan el Bautista–.
Eso sí, cada uno descalifica las creencias del otro tildándolas de mitología. ¿Dónde quedó lo de que “afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias”?