Opinión
Somos pueblos gemelos
Por Manolo Saco
Imágenes terribles las del funeral por Pinochet. Y no me refiero a las de su velatorio, con saludos fascistas incluidos y llantos colectivos por su desaparición. Los que ya pasamos por la amarga experiencia de ver cómo un dictador asesino llenaba espacios inmensos como la madrileña plaza de Oriente, poblada de saludos a la romana, de seguidores inmunes a su vocecita ridícula y a su ideario disparatado de conspiraciones judeomasónicas, que concitó en torno a su féretro a decenas de miles de partidarios sumidos en la tristeza sincera, a los que ya hemos pasado por eso no nos cogen desprevenidos esos extraños mecanismos mentales que a veces llevan a los seres humanos a no saber distinguir entre el bien y el mal. El otro día leí que los nazis exiliados en España seguían celebrando con champán todos los cumpleaños de Hitler, en una veneración ciega de su memoria. ¿Qué motivaciones tan fuertes pueden bloquear el cerebro humano para que un asesino despiadado pueda mantener su poder de fascinación al cabo de tantos años?
En el caso de Pinochet, con trescientas querellas pendientes por la muerte de más de 3.000 opositores a su régimen, con miles de desaparecidos, decenas de miles de detenciones con tortura, cientos de secuestros de niños, depredación y malversación de las arcas públicas, continuó funcionando ese mecanismo misterioso que lleva a un nazi a lamentar la muerte de uno de los mayores asesinos de la Historia.
La ministra del Ejército, de ese ejército en el que todavía medran por riguroso escalafón golpistas de primera hora y presuntos asesinos sobrevenidos, tuvo que soportar un espectáculo bochornoso de abucheos. Los golpistas abucheaban a la representante del gobierno elegido democráticamente, que había acudido por cortesía, en medio de un festín de discursos que ensalzaban sin rubor ni recato el régimen de terror del finado.
Somos pueblos hermanos, dicen. En realidad creo que somos pueblos gemelos, de tanto que nos parecemos. Mientras en el exterior las víctimas exigían que se pusiese fin a aquella mascarada, dentro del patio de armas, donde se rendían honores al ex dictador, se ensalzaba el golpe que antaño acabó con la vida de Allende y su gobierno legítimo, con el argumento de que la asonada de Pinochet había impedido el triunfo del comunismo y el caos. ¿Os suena este argumento para justificar la rebelión contra la república española? Uno de los mantenedores de esa teoría de la conspiración (¡cuánto juego dan las teorías conspiratorias!) se llama Augusto Pinochet, ya teniente o capitán, no me acuerdo, cachorro fascista y a la sazón nieto del Augusto Pinochet que astutamente se hacía el muerto dentro del ataúd.
Y para que el juego de los despropósitos quedase completo, el obispo castrense, rodeado de una cohorte de sacerdotes, ensalzó, él también, la figura salvadora del muy cristiano general al que sólo un dios injusto e inmoral podría acoger en su seno y premiarle por lo bien y mucho que había asesinado en su santo nombre. ¿No era suficiente con que la Iglesia hubiese enviado un cura de representación, como hizo el gobierno con su ministra, en vez de ponerse en primera fila una vez más en su ya larga historia de bendecir a los dictadores?
¡Y luego nos preguntamos si es útil o no mantener viva la memoria histórica!
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Meditación para hoy: Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, aseguró en su campaña electoral que si no reducía a 30 días las listas de espera en la Sanidad pública dimitiría de su cargo. Ayer, su Consejero de Sanidad reconoció que no sólo no habían reducido el tiempo de espera, como habían asegurado hace meses, sino que la han aumentado a 42 días. ¿Vosotros qué creéis, dimitirá o no dimitirá? Bueno, no seáis tramposos, porque la respuesta es fácil. Cambio la pregunta: ¿Qué razones creéis que dará para justificar que no tiene por qué dimitir? A ver, listitos, ahí os quiero ver.