Opinión
Más suela del zapato
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC.
Acabo de regresar de Sanlúcar de Barrameda, la bonita ciudad que acaricia la boca del Guadalquivir. Viajé allí esta mañana desde Sevilla. Como habitualmente no utilizo el coche en la ciudad, desconozco al detalle tanto los trucos como los padecimientos del automovilista urbano. En consecuencia, tiré por donde no debía y acabé prisionero del tráfico. Me desplazaba para participar en un curso y había salido con tiempo más que de sobra. Sin embargo, casi media hora después de ponerme en camino aún estaba a doscientos metros de casa. En medio del atasco, observando en la distancia un semáforo que de tanto en cuanto se abría y cerraba, sin que los vehículos pudiéramos avanzar, he recordado con una mezcla de ironía e irritación que estamos en plena Semana Europea de la Movilidad Sostenible. Es más, cuando ustedes lean esto, si alguien tiene a bien leerlo, será 22 de septiembre, Día de la Ciudad sin Coches en muchos puntos del continente.
En España presumimos de ser líderes en el desarrollo de este programa, que nació en Francia en 1998. De cara a las estadísticas, este día no habrá país en Europa con más ciudades sin coches que el nuestro. Sinceramente, no sé si significa mucho. También fuimos de los primeros entusiastas con el protocolo de Kyoto, y por el momento somos malos cumplidores. Alguna relación hay entre las dos cosas, evidentemente. El transporte es uno de los principales sectores responsables del calentamiento global, y el incremento, tanto del volumen de tráfico como de su emisión de gases de efecto invernadero, ha sido mucho mayor en España que en el resto de la Unión Europea. Ciertamente, la decidida apuesta política del último cuarto de siglo por la carretera, en perjuicio del ferrocarril, tiene mucho que ver, pero nuestros comportamientos individuales no son irrelevantes.
La mitad del total de gases de efecto invernadero debidos al transporte se produce en las ciudades, y más del 80% de esas emisiones urbanas es atribuible a los coches. Los españoles somos los europeos que utilizamos con más frecuencia el automóvil para distancias inferiores a los dos o tres kilómetros. Andamos poco, en definitiva, y también usamos poco los transportes públicos. Con frecuencia se nos pregunta a los naturalistas, con cierto desánimo, qué podemos hacer los ciudadanos ordinarios para combatir el deterioro ambiental. En este caso, la respuesta es bien sencilla. Caminando, o pedaleando, no sólo mitigaremos el incremento del calentamiento global, sino que contaminaremos menos, tendremos mejor humor, y quizás vivamos más tiempo. Al menos, la receta para la longevidad de unas queridas parientes de Sedano (Burgos), que bajan a la huerta a los noventa años, es “poca cama, poco plato y mucha suela del zapato”.