Opinión
No te quedes ciego
Por Varios Autores
-Actualizado a
DE AQUÍ PARA ALLÁ// MARTÍN CASARIEGO
Goya siempre está en el Prado, motivo más que suficiente para que cualquier visita al museo esté justificada. Pero ahora hay una exposición, Goya en tiempos de guerra, que hace casi obligatoria esa visita. Y digo casi porque el placer nunca debe ser obligatorio.
Las heridas de la guerra
Las heridas de la enfermedad
Tras una grave enfermedad, Goya se quedó sordo en 1794. El aislamiento que produce la sordera, el espanto de la guerra, cambiaron su personalidad y su arte. Sin duda era ya un gran artista, pero esas dos desgracias –la personal, la general- en lugar de hundirle, le encumbraron. Seguramente sin la sordera no tendríamos sus estremecedoras y magníficas pinturas negras –tan superiores a sus escenas tranquilas y galantes-, y, obviamente, sin la guerra no tendríamos sus grabados más impresionantes, ni algunos de sus cuadros imprescindibles.
¡Mira!
Paseando por las salas del Prado, rodeado de goyas, me siento un privilegiado. Me detengo ante uno de los grabados de los Desastres, titulado Lo mismo: un civil español se dispone, con el rostro desfigurado por el odio, o por la locura de la guerra, a descargar un hachazo sobre un soldado francés caído. Hace doscientos años de aquello, y parece que fue ayer. Goya, español afrancesado, criticó la barbarie de ambos bandos. Fue un cronista imparcial y moderno, tan moderno que está en el origen de muchas cosas, incluido el comic. Cuando hablaba de placer, al principio, no me refería al placer de lo fácil, lo agradable, lo que gusta y halaga, sino al placer que da asomarnos a una ventana y mirar el espectáculo de la vida, a veces bonito, a veces tenebroso, sórdido, terrible. Es Goya el que nos empuja a ella, mientras nos grita, yo estoy sordo, pero tú no te quedes ciego: ¡Mira!