Opinión
Teoría gastronómica de la felicidad
Por Joan Garí
Desde hace algunos años me he aficionado, los domingos, a hacer una paella. Se trata, en cierto modo, de asegurar un relevo generacional, puesto que en casa mi madre ha distinguido siempre el séptimo día con unas paellas gloriosas, perfectamente en su punto, simplemente inenarrables. Las paellas de las madres, obviamente, siempre son las mejores, pero en el País Valenciano hay una cierta tradición de que sea el hombre el encargado de llevar a cabo ese cometido. No entraré ahora en disquisiciones de género. Hoy me gustaría hablar de las sensaciones que se atesoran al cortar unos tomates maduros para el sofrito, al partir unos pimientos rojos, al dorar la carne sobre el aceite virgen mientras la leña de naranjo crepita y ronronea y el olor a humo se mezcla con el del jugo de la oliva hirviendo. Creo que la razón del éxito de este plato (la gran aportación de la cocina valenciana a la gastronomía universal) radica en su capacidad de vehicular sabores y colmar el gusto de toda clase de paladares. Aspiro, por supuesto, a conseguir el título de la mejor paella familiar, en dura competencia con mi cuñada Susanna. Aunque la paella tradicional se hace con carne de conejo y pollo, garrofó y judías blancas y verdes, las he probado deliciosas con otros ingredientes, bien pescados y mariscos o bien caracoles y níscalos. Como una cosa lleva a la otra, tras la de la paella le pedí a mi madre otras recetas: olla de calabaza, arròs a banda, puchero… La dieta mediterránea sólo es, en el fondo, un estado mental. Por eso la gastronomía, bien mirado, es la única definición posible de la felicidad.