Opinión
Teoría de la inmundicia
Por Joan Garí
-Actualizado a
Cualquier persona culta, en este país, sabe perfectamente (aunque lo niegue) quiénes son Belén Esteban y María José Campanario, y sin embargo nadie que no esté mínimamente alfabetizado ha oído hablar de Maiakovski. Esta realidad descompensada sólo significa que los personajes del detritus de moda se adueñan muy fácilmente del imaginario de cualquier ciudadano; la cultura, en cambio, sólo está al alcance de aquellos que están decididos a saltar por encima del montón de basura intentando no mancharse. Con la mugre sólo existe una estrategia correcta: hay que tener localizados claramente los vertederos y aprovechar para adquirir nuevas nociones de topografía.
Ahora la queja consiste en que internet ha incrementado la montaña tóxica de rumores, cuya sola presencia podría borrar fácilmente la carga de información –y de opinión- que la red está en disposición de vehicular. En realidad, es una falacia pensar que el ruido, las teorías conspirativas, las sandeces y todo lo feo de la capacidad humana para la comunicación están fuera de nosotros. Hay periódicos que pasan por serios donde se dedican con fruición a todas estas disciplinas, hay radios cuyo único motivo de existencia es esparcir excrementos, hay televisiones cuyos informativos, presentados por mujeres bellísimas y locutores de voz muy grave, sólo buscan colocar en el mismo plano la estupidez palmaria con la noticia veraz. Este dispositivo sintáctico les delata. Algunos profesionales encorbatados que sonríen cuando ven en televisión a Belén Esteban deberían preguntarse qué los diferencia de ella. A lo mejor sólo es un pequeño escalón.