Opinión
El término de la vida aquí lo veis
Por Manolo Saco
En el frontispicio del cementerio de mi Ourense natal se puede leer, para no ser menos que el infierno de Dante: “El término de la vida aquí lo veis; el destino del alma, según obréis”. Bueno, el destino del alma, no lo sé (aunque sí lo sé) pero en mis años mozos, cuando gobernaba el nacionalcatolicismo, al cuerpo le esperaba un destino incierto, dependiendo no del uso que hubieses hecho de tu alma en vida sino de como hubieses decidido acabar con tu cuerpo.
Por ejemplo, si te habías matado a bollos de mantequilla, a pringá de cerdo, a chorizo y foie gras, a vino peleón y tres cajetillas diarias de celtas cortos, eso estaba considerado como muerte natural, conclusión a la que se llegaba cuando el médico que certificaba tu muerte sentenciaba sabiamente ante tus herederos aquello de que “era natural que te hubieras muerto”, con ese régimen de vida disparatado que llevabas. En consecuencia, si te matabas lentamente, dios no ponía pegas. Pero si decidías reventar por las costuras abruptamente con un tubo entero de tranquilizantes o dejando abierta la espita del gas, eso dios lo consideraba usurpación de funciones divinas, que debe de ser un pecado gravísimo, y en castigo acto seguido te remataba, es decir, te volvía a matar.
Dios (ese dios que sólo merece ser escrito con mayúscula después de un punto), por medio de los que administran su industria en la Tierra prohibía enterrar en sagrado a los suicidas, a los que habían decidido que era más rápido y más barato para la función de acelerar nuestra despedida la utilización de un bote de barbitúricos que el consumo reiterado de foie de Las Landas, de caviar imperial beluga y de un par de botellas diarias de Chateau d’Yquem. Yo empecé a sospechar que aquel dios de derechas era un invento del hombre la primera vez que vi el entierro de un suicida, sin curas, ni letanías, ni cirios, apresurado, como a hurtadillas, casi sin lágrimas entre el menguado cortejo fúnebre, en un pequeño cementerio anexo que existía (o sigue existiendo, no sé) junto al hermoso camposanto a las faldas del Montealegre. No busquéis un átomo de humor negro: creo que el monte era conocido por ese nombre ya desde mucho antes de que se construyera el cementerio.
Cuando por primera vez vi un entierro “civil”, en el que dios volvía a matar al muerto ante los hombres, para escarmiento y advertencia pública, iba acompañado de mi madre, quien miraba de reojo, visiblemente incómoda, hacia aquella comitiva misteriosa que parecía más bien que iba a enterrar al perro, quizá alguien conocido de ella, de cuya amistad no quería que se enterase ni dios, y menos yo.
Eso ocurría en aquellos tiempos en que las sotanas ponían su nota de color por las calles de la patria. Pero desde que la Iglesia tiene que ganarse las simpatías de los gobiernos democráticos para que le perdonen la deuda acumulada año tras año, o arañar de los Presupuestos Generales del Estado un 0,7 por ciento del PIB, sus monseñores y eminencias se han vuelto mucho más tolerantes al enjuiciar el uso que hacen de sus cuerpos y almas las gentes principales, el objeto y sujeto de su negocio. Así, hubiera sido impensable en aquel entonces que el príncipe Juan Carlos matrimoniase con una plebeya divorciada y sospechosa de adorar al dios del agnosticismo, como ocurrió años más tarde con su hijo y doña Letizia.
Ahora, en cambio, si es necesario, se oficia una ceremonia sin rechistar (de apenas 20 minutos, como este periódico), eso sí, en la intimidad, por el alma de quien haya acelerado el tránsito por esta vida sin el permiso de dios. Porque, como decía Heine, “Él sabrá perdonar, es su oficio”. La anchura de la manga y las tragaderas morales dependen directamente de la influencia de sus deudos en la vida pública y su capacidad de influencia en el futuro de sus cepillos.
Ver para creer. En dios, por supuesto.
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Meditación para hoy: Estoy con Soledad. Creo que ayer ZP ha dado un paso de gigante con el anuncio del próximo nombramiento de Fernández Bermejo como ministro de Justicia. Una vez detectada la gotera parademocrática (no diréis que no soy fino) del sistema judicial español, había que nombrar un fontanero experto para arreglarla. Y vive dios (estoy embalado) que debe de ser un buen fontanero a tenor de los improperios que le ha dedicado la caverna en el día de ayer. Yo no le conozco, pero ante los ataques desaforados de la derecha a su nombramiento, aplico la vieja máxima infalible: “Si es bueno para la banca no puede ser bueno para los clientes”. Así que si no es bueno para la derecha, debe de ser cojonudo para la humanidad.