Opinión
Trabajar para el pueblo
Por Joan Garí
-Actualizado a
Tomemos, por ejemplo, el caso de la reforma sanitaria de Obama. A trancas y barrancas el hombre la ha llevado a buen puerto. Vale que no es ninguna panacea, y que, con toda seguridad, no se parecerá en nada a los estupendos sistemas públicos que disfrutamos en Europa. Pero lo más llamativo del caso no es que se opusiera a ella la extrema derecha norteamericana. Al fin y al cabo, eso es lo que se puede esperar de esa clase de tipos a quienes les gusta sostener una biblia en su mano izquierda y un rifle en la derecha. Lo que realmente me llama la atención es que la gente de la calle, es decir, los principales beneficiarios de la reforma, se haya dejado intoxicar hasta el último momento por la propaganda fundamentalista.
“No hay nada más tonto que un obrero de derechas”. La frase es de Julio Anguita y hay que reconocer que el Califa estuvo inspirado ese día. El caso es que todo el mundo conoce no a uno, sino a muchos “obreros de derechas”. Personas humildes, sin formación, sin oficio ni beneficio, que admiran sinceramente a la clase alta y creen que votando a sus representantes a ellos les irá mejor en la vida. Olvidemos por un momento su bendita inocencia. Concentrémonos en la extraña operación mental que les lleva a depositar su confianza en sus enemigos de clase. Ocurre lo mismo con los americanos de a pie, incapaces –muchos de ellos- de reconocer que esa reforma de Obama (tildada de “socialista” y también de “nazi”) les puede salvar la vida.
Es fácil engañar a la gente. Lo que es realmente difícil es trabajar honestamente para el pueblo. Aunque “el pueblo” no te lo pague jamás.