Opinión
Trileros de la moral
Por Manolo Saco
Uno procura llevar dignamente la profesión de padre, con la inseguridad que provoca el ser un educador autodidacto, intentando enseñar a los hijos todo aquello que le dijeron que era bueno para su futuro, y de pronto el entorno, la televisión, el colegio o los amigos te desbaratan una paciente labor de años.
Las precauciones a tener con el sexo, los beneficios de la higiene corporal y mental, la virtud de compartir, las ventajas de estudiar, el peligro de las drogas... todo el repertorio del manual del buen padre es puesto a prueba cuando enfrentas a los hijos a la intemperie de la vida. Pero un día la niña llega a casa embarazada, o con un coma etílico después de un botellón, o te pregunta si comer carne el día de Viernes Santo es pecado mortal, o si puede afiliarse a Nuevas Generaciones del PP, y acabas preguntándote qué has hecho mal, dónde está el fallo.
Hay niños sin conversación que compartir con sus compañeros, seres solitarios y huraños, porque sus padres les tienen prohibido ver determinadas series de televisión. Y puede ocurrir que por mucho que defiendas para ellos una educación sin ángeles, ni demonios, ni dioses, un día lleguen a casa diciendo que quieren hacer la primera comunión. La niña sueña con vestirse de princesa y una fiesta como la boda de la hija de Aznar.
Pero si tiene síndrome de Down habrá un cura desalmado que se negará a celebrar su fiesta de princesita para no deslucir los festejos de la comunión de los niños normales. Y habrá un obispo, con la exquisita sensibilidad de los gusanos, que dará la razón al cura, y de paso felicitará a los padres por haber tenido la valentía de no haber abortado a una hijita defectuosa que ya tenía un alma desde el día de la concepción. Trileros de la moral, que les cambian unas hostias por otras, y tan contentos los muy sádicos.