Opinión
Tupá
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
Durante varias semanas he colaborado en un proyecto de investigación en el parque nacional de Viruá, en la Amazonía. Buscábamos yaguares, a los que llaman los brasileños onÇas pintadas. Pero los yaguares no se encuentran así como así. Hemos caminado muchas horas por la selva, recorrido en bicicleta insólitas estradas de ripio, navegado cientos de kilómetros por ríos, acampado muy lejos de cualquier población. El resultado ha sido la localización de numerosos rastros de onÇa y, sobre todo, la colecta de unas pocas decenas de sus excrementos. Si un torero dijo “hay gente pa tó” tras conocer que Ortega y Gasset se dedicaba a pensar, admito que lo repita cualquier lector de unos tipos que se entusiasman ante una caca maloliente tanto como pudiera hacerlo Indiana Jones al recuperar un cáliz perdido. Pero es que las heces de los animales escasos proporcionan información científica que apenas puede obtenerse de otra manera. Por ejemplo, ilustran sobre la dieta, sobre los parásitos y enfermedades, acerca de los niveles de hormonas relacionadas con el estrés y con la actividad reproductora, e incluso, con suerte, permiten extraer ADN y genotipar al individuo que las ha producido (por tanto, individualizarlo, conocer su sexo, estimar la variabilidad genética poblacional e incluso el número de reproductores, etc).
Pero no crean que resulta fácil encontrar excrementos de yaguar. Hay pocos animales en un espacio inmenso difícil de prospectar, y además las escasas heces producidas son consumidas con vertiginosa rapidez por termitas y otros invertebrados. Garantizar el éxito requiere de capacidades sobrehumanas, y ésas las aportaba Tupá. Tupá es un perro pastor belga que ha sido adiestrado para encontrar cacas de onÇa pintada. Extremadamente obediente, sigue las indicaciones de su conductor, el biólogo Raphael, buscando incesantemente con la nariz pegada al suelo. Pasará sin inmutarse por encima de los excrementos de perro, zorro o puma, por citar sólo especies próximas, que pueda encontrar, pero si topa con uno de yaguar lo olfateará un instante con delectación y acto seguido se echará al suelo, inmóvil, mirando a Rapha como diciéndole: “¿No lo querías? Ahí lo tienes”. Tupá vive para las cacas de onÇa y para el modesto premio cuando encuentra una: breves minutos de juego con una pelota de tenis. Tal vez piensen que es tarea sencilla para un perro, pero en la selva nada lo es. Unos días antes de que llegáramos, a Tupá lo mordió en la pata una jararaca, una víbora, y salvó la vida gracias al suero antiofídico. Y la víspera de nuestro regreso hubo que trasladar a Raphael, víctima de una altísima fiebre, a un hospital. Nos tranquilizó saber que no era malaria pero, ajeno al diagnóstico, dejamos a Tupá visiblemente deprimido.