Opinión
A los varones se les levanta la pasión muy fácilmente
Por Manolo Saco
Entre nosotros comienza un debate que en Francia tiene ocupados a los medios de comunicación desde hace varias décadas. Los hijos de la Ilustración supieron mantener en dos planos paralelos (no sé si de igualdad) la vida civil y la religiosa. De ahí el choque cultural que supone la entrada en la escuela de alumnas con el velo islámico, el hiyab, una prenda que comparte la misma raíz de la palabra árabe que significa “esconder, ocultar a la vista”.
Porque tanto la palabra que define al velo como la imposición de llevarlo puesto tienen idéntico pecado original, el de la sumisión de la mujer en el Islam, una sirviente dócil, propiedad del hombre, cuyos encantos hay que esconder para no levantar esa cosa que a los fieles varones se les levanta con tanta facilidad: la pasión.
En un colegio de Girona, a una niña de siete años, cuyos padres ejercen el derecho (¿os suena?) a educar a sus hijos en los valores que les vengan en gana, se le intentó prohibir acudir a clase con el hiyab, por considerar que se trataba de un símbolo religioso.
Están en un error. Símbolos religiosos eran aquellos gólgotas en miniatura que colgaban de las paredes de la escuela de mi niñez, cristos custodiados por las fotos de los dos ladrones fascistas a ambos costados de la cruz. Pero el hiyab es mucho más, y peor, que un símbolo religioso. Estaba presente ya en las culturas anteriores a la aparición del Islam, y entre nosotros se conserva una copia siniestra, el pañolón negro que cubre todavía la cabeza de la mujer en la España profunda. Pañolón y hiyab que, como elementos de sumisión, hacían de telón tras el cual la mujer desaparecía de la mirada concupiscente del varón ajeno.
Los padres de la niña de Girona quizá crean que Alá se lo pide. Pero sólo la escuela podrá salvarla, no su dios, impidiendo que crezca creyendo que la mujer es inferior al hombre, sin derecho a conducir un coche, a pasear sin un pariente varón a su lado, o que puede ser lapidada por cometer adulterio. No es una guerra de religiones, sino la del mundo medieval contra la civilización del siglo XXI.