Opinión
Cuando un vecino llama a tu puerta
Por Manolo Saco
Eran las nueve de la noche del fin de año. Inexplicablemente reinaba la alegría en el velatorio del 2007, ¡como si hubiera algún presagio bueno para el 2008 a punto de nacer!, con el euribor por las nubes, el anuncio del descalabro del sector de la construcción, el avance del Partido Popular en las encuestas electorales, y la perspectiva del barril de petróleo por encima de los 100 dólares. El Apocalipsis, vamos. Era una ignorante familia unida, de esas que tanto gustan a Rouco Varela, dispuesta a zamparse una pava enorme antes de las doce uvas, como si en verdad hubiera algo que celebrar.
En el instante en que el bicho (me refiero al ave) entraba en el horno, la casa se quedaba de pronto a oscuras. Se iba la luz en el momento crítico. Los langostinos sin cocer, el consomé helado, y la pava con el rigor mortis. Inmediatamente cundió el desconcierto. Nadie sabía de la dichosa linterna, nadie fumaba, así que nadie tenía un mechero con el que guiarse en la oscuridad.
En esto, se oyen unos golpes en la puerta. El vecino de enfrente, un encanto de señor, se ofrecía como solución. Desde el umbral, la familia comprobaba con envidia que los chalets de enfrente reventaban de luz, con los adornos navideños parpadeando alegremente. En el aire fresco de la noche flotaba la melodía machacona de un villancico que anunciaba que ya vienen los reyes por el arenal, pampanitos verdes, hojas de limón... El vecino venía a ofrecer su horno y su nevera, para asegurar que la pava alcanzase el punto exacto de asado antes de las campanadas y que el cava permaneciera a la temperatura ideal de siete grados para el momento del brindis. Sin duda, gracias al buen samaritano, a las 10,30 la pava estaría lista para la última cena del año.
Estos sí son vecinos. A las 10,30, la agradecida familia unida cruzó la calle, llena de esperanza, en busca de su pava y su cava en la óptima temperatura de consumo. Extrañamente, la casa del vecino permanecía apagada. Los adornos navideños dormían. La oscuridad se había adueñado de su jardín. Llamaron a la puerta. Nadie abrió. Insistieron a voces al principio, a porrazos después. Se agolparon los vecinos de los chalets adyacentes, alarmados por el griterío. “Creo que esa casa está deshabitada desde hace tiempo”, oía el padre de familia a su espalda, justo en el instante en que se disponía a derribar la puerta a hachazos. Los varones de la familia unida la emprendieron a golpes de bate de béisbol contra los cristales de las ventanas. Por sobre el ruido de cristales rotos se oyeron unas sirenas a lo lejos. La policía llegaba al fin para reparar la injusticia. Menos mal.
Toda la familia unida, con el estómago vacío, se pasó la primera noche de 2008 declarando en comisaría, fun, fun, fun, un niñito muy bonito ha nacido en el portal. Y todavía ahora el comisario se está peguntando si entre todos no tenían una coartada más creíble que contar.