Opinión
La venganza del príncipe de Éboli
Por Juan Carlos Escudier
Más que en un plato frío, la venganza que se ha servido Pedro Solbes ha sido en copa de granizado con hielo frappe de Thermomix. Casi cuatro años después de su salida del Gobierno, el entonces vicepresidente ha hecho un deshabillé integral de sus diferencias con Zapatero que ha resultado un tanto obsceno, casi pornográfico y bastante innecesario. Del desacuerdo entre ambos ya vimos en su momento el muslo y ahora contemplamos hasta el píloro, no se sabe bien si por exigencias del guión de la editorial que le ha publicado sus memorias o como un intento postrero de que su expediente reluzca con un blanco nuclear sin mácula.
Solbes llegó al Gobierno casi por aclamación. Su presencia era imperativa para tranquilizar a las fuerzas vivas de la economía patria, que llegaron a temer que un rojo peligroso se hubiese instalado en la Moncloa. El entonces comisario europeo ahorraba cualquier explicación sobre cuál sería la política económica del nuevo gabinete: la misma que la de Rato. Tantas fueron las recomendaciones, desde Javier Gómez Navarro –que fue el primero en poner su nombre en circulación- a Solchaga, pasando por el propio Felipe González, que Zapatero tuvo que envainarse su intención inicial de hacer vicepresidente a Miguel Sebastián, del que no se fiaba ni el apuntador.
Al entonces comisario europeo no le quedaba otra que aceptar, ya fuera porque nadie en su sano juicio daría calabazas a quien tendría que decidir sobre su futuro inmediato o porque se sentía obligado con un partido en el que no militaba pero que le había hecho ministro primero y miembro de la Comisión Europea después. Solbes era como un certificado de calidad ISO que aliviaba a la banca tanto como Bono al Rey al frente de Defensa.
Nada de lo que ahora revela Solbes era desconocido en aquel momento. Se sabía de sus diferencias con Sebastián, al que Zapatero había colocado a su diestra en la Oficina Económica, y del que partieron algunos de los disparates económicos más sonados de la época, especialmente el del regalo fiscal de 400 euros que, según decía, iba a salvaguardar 100.000 empleos y que él mismo llegó a calificar de “hecho histórico”.
Quizás por lealtad Solbes tragó con todo y hasta puede que sea cierto que decidió continuar en la segunda legislatura porque “las nubes de la crisis le ilusionaron” o porque “no estando siempre cómodo con algunas decisiones creía que podía ser útil”, tal y como le reconoció a un servidor allá por febrero del 2008. El hecho es que con un ojo a la virulé, el príncipe de Éboli contribuyó decisivamente a que Zapatero ganara sus segundas elecciones tras un debate televisado con Manuel Pizarro por el que aún siente algunos remordimientos.
Que desde el consejo de Enel y Barclays venga a descubrirnos que decidió salir del Gobierno tras comprobar cómo Zapatero hacía avioncitos de papel con el informe sobre las medidas de ajuste que creía necesarias para enfrentar la crisis le empequeñece mucho, tanto que ni siquiera se le podría acusar de hacer leña del árbol caído porque a estas alturas el expresidente no pasa de ser un simple mondadientes.
Se trata, por tanto, de una venganza inútil, que si algo puede conseguir es rehabilitar a ojos de los suyos la maltrecha figura de Zapatero, que siempre podrá decir en su descargo que se negó a ejecutar la misma sangría que después ha perpetrado el PP y que en esencia era lo que le proponía su vicepresidente. Eso sí, puede que su retardado ejercicio de sinceridad le valga para vender más libros, algo Zapatero no puede reprocharle porque en el suyo, con gran desvergüenza, ha incluido la amenazadora carta del BCE que se negó a entregar al Parlamento. Todo sea porque Planeta cumpla con su histórica misión para con los expresidentes y le ayude en su jubilación.
Solbes lleva estos días pidiendo perdón por sus silencios de entonces pero puestos a hacer penitencia bien podría asumir el mayor de sus pecados: haber colocado en el Banco de España a su amigo Fernández Ordóñez, sobre el que recae por omisión consciente una quiebra del sistema financiero que tardaremos décadas en pagar por completo. La suya es una lealtad muy selectiva. A ver si en una segunda entrega hace sobre esto memoria.