Opinión
Vivir más
Por Ciencias
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MIGUEL DELIBES DE CASTRO // VENTANA DE OTROS OJOS
*Profesor de Investigación del CSIC
En los últimos días han aparecido en Público dos noticias relacionadas con estudios biomédicos que permitirían prolongar la vida. Una de ellas anuncia que con una dieta hipocalórica los monos de laboratorio viven más tiempo y mejor. Otra dice que con un fármaco obtenido en la Isla de Pascua ratones experimentales ya viejos prolongan su vida hasta un 40%. Son informaciones parecidas pero bastantes distintas, pues apuntan a dos características vitales que, aunque a menudo se confundan, son en gran medida independientes. Se trata de la esperanza de vida y la longevidad.
La esperanza de vida equivale al tiempo que correspondería vivir, en promedio, a un individuo de una población dada que nace en un momento determinado. Es un concepto propio de la escala ecológica, dependiente del contexto, y tiene que ver con la mortalidad a distintas edades. En una población donde muchos individuos mueren jóvenes, la esperanza de vida es baja. Mejorando la calidad de vida, por tanto, incrementamos esa esperanza (creo haber citado ya en estas páginas que mujeres casi centenarias de Sedano, en Burgos, afirman que el secreto de su edad es “poca cama, poco plato y mucha suela del zapato”). La longevidad, en cambio, el tiempo que se puede vivir si todo va bien, por decirlo así, es característica propia de la especie y no de la población, pues corresponde a una escala evolutiva. Quizás la mejor manera de explicarlo sea con un ejemplo extremo. Las tortugas marinas ponen muchos huevos, pero la esperanza de vida de una tortuguita al nacer es ínfima, pues la inmensa mayoría de las que llegan al agua mueren devoradas por depredadores. La longevidad de la especie, en cambio, es muy alta, pues las tortugas marinas llegan a vivir cerca de un siglo.
Incrementar la longevidad, en consecuencia, se antoja más complicado que aumentar la esperanza de vida a través de hallazgos que nos descubran los hábitos más saludables. No digo que no pueda hacerse; el tamaño de camada (en el ser humano, una cría por parto) también corresponde a la escala evolutiva, y hoy nacen y salen adelante quintillizos, incluso, a veces, de mujeres en principio infértiles. Podremos vivir 130 años, pero hay que pensar quiénes podrán disfrutarlo y si merecerá la pena. Creo más urgente invertir recursos para que la esperanza de vida de los africanos, cercana a los 40 años, se acerque a su longevidad potencial.