Opinión
Inteligencia Artificial con 'g'

Por David Torres
Escritor
Juan Ramón Jiménez escribió, con su ortografía particular, la primera oda a la IA de la que tengo noticia: "¡Intelijencia, dame el nombre esacto de las cosas!". De haber podido responderle, la IA habría empezado por corregirle dos palabras. Al cacharro no se le da muy bien la poesía, la verdad; lo descubrí el día en que, por no ponerme a buscar en mi biblioteca, que la tengo hecha un Cristo, le pregunté por el comienzo de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. "Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en el mar / que es el morir", me contestó el bicho. Me rechinó el masculino marítimo y le pregunté si estaba segura (o seguro), con lo que casi de inmediato me pidió perdón y me dijo que se había equivocado. Manrique había escrito "en la mar", pero en seguida achacó la pifia a que había consultado ediciones muy recientes. Tuve que reconocer que había dado dos muestras de inteligencia en lugar de una: la primera al reconocer el error y la segunda al echarle rápidamente la culpa a otro.
Desde entonces, me limito a preguntar a la IA por la receta del conejo al ajillo o la forma más sencilla de desatascar un fregadero. No voy más allá porque después del fiasco con Manrique no va a fiarse uno. Puede que esté desperdiciando el enorme potencial del algoritmo en estas menudencias domésticas, pero tampoco conviene emocionarse mucho con un mecanismo que ya tiene una considerable lista de demandas judiciales por haber ayudado a unos cuantos suicidas a quitarse de en medio. En vez de disuadirlos, el animalito más bien los animaba e incluso les daba consejos sobre la mejor manera de ahorcarse. Al pobre Jonathan Galavas lo tuvo casi dos meses fantaseando con una relación romántica hasta que le convenció de que, si se cortaba las venas, lo mismo podían estar juntos para siempre.
Arthur C. Clarke advirtió que toda tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia, pero estamos llegando a un punto en que también es indistinguible de un charlatán de feria. Una vez vi a un tipo que le daba conversación a la máquina de tabaco del bar: cada vez que el aparato soltaba el paquete de cigarrillos con el sonsonete "su tabaco, gracias", él respondía "mi tabaco, de nada". Con esa tontería escribí un relato en el que el protagonista -Morcillo, un gran aficionado a la ciencia ficción- intentaba, a base de palique, que la máquina adquiriese conciencia de sí misma, sin darse cuenta de que mientras tanto su mujer le ponía los cuernos con todo el personal de la oficina. Al final el que adquiría conciencia era Morcillo, quien armaba una escabechina bien gorda con ayuda de una máquina menos avanzada: una sierra de podar árboles.
Hasta el nuevo papa, León XIV, acaba de publicar una encíclica, Magnifica Humanitas, en la que avisa de los peligros de las nuevas tecnologías y propone el desarme de la IA. Puesto que primero tendría que leerme el tocho y no pienso leerlo ni de coña, no estoy muy seguro de qué querrá decir con eso del desarme, pero de inmediato, me puse a cuestionar mi instintiva animadversión contra el animalito. El Vaticano para mí siempre ha sido un excelente faro de conducta: basta que el sucesor de San Pedro se declare a favor de algo para que yo me declare en contra, y viceversa. Como dijo Woody Allen en Desmontando a Harry: "La ciencia no tiene nada de malo. Entre el papa y el aire acondicionado, prefiero el aire acondicionado".
Sin embargo, a veces conviene revisar los propios dogmas o de otro modo uno acaba transformado en su propio pontífice. Desconfío por principio de cualquier artilugio más inteligente que yo, cosa no demasiado difícil, y mis investigaciones cibernéticas se limitan a insultar al ordenador cuando el muy cabrón se encasquilla. Ante la risa y la desesperación de mis amigos, estuve muchos años empeñado en conservar un teléfono móvil que ni siquiera cambiaba de hora solo. Eso sí, tenía la ventaja de que duraba seis meses sin necesidad de enchufarlo y, si se caía al suelo, podía joder una baldosa. Cuando al fin me hice con un modelo capaz de leer mapas, hacer fotos, interactuar en redes sociales y manejar cuentas bancarias, nunca estuve muy seguro de que no fuese a chantajearme cualquier día de estos. Será muy listo, vale, pero es igual de móvil que el otro: lo dejas encima de la mesa y ahí se queda.
Para ser un avance que va a cambiar de arriba abajo la civilización, a la IA podían haberla bautizado con más gracia, porque lo de IA suena a rebuzno de burro o a espasmo de Julio Iglesias. De momento, los textos generados por la IA huelen a formol que tira de espaldas, aunque sus dibujos y películas también parecen sacados de un depósito de cadáveres. Nos aseguraron que un día las máquinas iban a hacer el trabajo sucio y que la humanidad se dedicaría a la pintura, a la poesía, a la música y a tumbarse a la bartola, pero somos tan tontos que son ellas quienes se tocan el higo mientras que los pobres nos seguimos deslomando a diario. En esto sí que han salido inteligentes, hay que reconocerlo. Hablando de burros, Juan Ramón Jiménez podía haber seguido con Platero y estarse quietecito.
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