Opinión
¿Quién le pone el cascabel al AVE?

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
España es un país maravilloso, el mejor de los que conozco y seguramente, de los que no. La prueba, entre otras muchas, la estamos teniendo estos días tras el accidente ferroviario de Urda (Toledo), con ese despliegue solidario e ilimitado de las personas por las personas, sin más. Lo mismo que hemos sentido en catástrofes naturales, accidentes monstruosos o incompetencias mortales, lo vivimos estos días en Castilla-La Mancha, Andalucía o Madrid, particularmente: a la gente le falta tiempo para coger el coche, arramplar con las mantas y/o la comida de casa y del negocio propio y hasta salir ileso, en shock o herido por la ventanilla de un tren accidentado para tratar de ayudar al de al lado sin pensar en nada más, mucho menos en uno mismo.
España es un país empático y generoso, compasivo y entregado, aunque en sociedades tan amplias siempre haya gente mala y otra que va de buena para colocarse bien en cada circunstancia, o sea, gente igual de mala o peor. Es realista e inevitable, es la condición humana, con tantos grises como habitantes. Por eso, las conclusiones y soluciones sencillas y tajantes sobre hechos concretos, con seres humanos implicado siempre, con intereses de poder político mediante, son el arma más poderosa de la ultraderecha; porque a falta de un análisis complejo y de las muchas capas que cubren un siniestro como el de Urda, con tantas víctimas mortales, heridos, traumas y destrozo humano a todos los niveles, la emoción primaria del impacto permea todo y eso es lo más manejable para quienes buscan la manipulación del dolor: ira, rabia, frustración, necesidad de culpables, deseo de venganza, incredulidad, tristeza, odio… Y ahí está el fascismo para darte un aparente alivio instantáneo que no es tal, sino una sensación breve que conlleva más dolor e incomprensión a la larga. Lo sabe la Historia y lo sabe la razón; no tiene sentido, por tanto, ahondar en ello, en la miseria del ser humano.
Sí tiene sentido y es una obligación, en cambio, para el periodismo que se enorgullece de serlo -pese a las zancadillas de intereses espurios y otros indisimulados, todos siempre poderosos-, ir estudiando las muchas capas de un problema que acaba de reventarnos en la cara con la mayor tragedia ferroviaria en la Alta Velocidad de este país, solo nueve meses después de otra que ya nos parecía la peor, la de Adamuz (Córdoba). ¿Cómo es posible, España, un país tan exitoso, una potencia económica, turística, ferroviaria, culturalmente imparable,… que te pase esto? ¿Cómo es posible, en cambio, en realidad y atendiendo a las señales desatendidas, que esto no hubiera pasado antes, precisamente, por lo mismo? Por el país exitoso que nos creemos que somos manteniendo un sistema socioeconómico y democrático muy aparente pero cuyas costuras van reventando de la peor forma posible. Los problemas de vivienda, de bajos salarios, de pobreza infantil, por ejemplo, ya parecen algo anecdótico al lado de esta tragedia ferroviaria, pero siguen ahí y también cuestan vidas y traumas; silenciosos, pero igualmente humanos.
La muerte por éxito del AVE solo es un síntoma, aunque se ha llevado por delante, como mínimo, la vida de 115 personas en nueve meses, sin contar los cientos de heridos y las miles de personas traumatizadas para siempre, además, en un país donde la salud mental ni se contempla en nuestra escala de prioridades públicas, del Estado mal llamado del bienestar, que nunca lo será si no atiende a todos/as por igual. Y los datos para cuestionarse un modelo ferroviario de éxito a medio plazo son para principiantes, no hace falta ser ingeniero para entender la mayor, que es la que a usted y esta plumilla nos incumbe.
Un país cuya población aumenta milagrosamente gracias a la inmigración (sí, la inmigración es sinónimo de éxito) y pese al envejecimiento generalizado; un país cuya población se duplica prácticamente cada año con un turismo ilimitado que viene a España atraído por su clima (de momento), su gastronomía, su comercio, su alojamiento infinito que va de pocas horas a meses y sus infraestructuras, que te permiten recorrer el territorio en pocos días con la ciudad a tus pies. Un dato: en 2025 se contabilizaron 547 millones de viajeros, más de 44 millones solo en AVE, en esa que ha sido la joya de la corona por todos los gobiernos, PP y PSOE. La inversión en mantenimiento del AVE bajó mucho en la etapa de Mariano Rajoy en La Moncloa, cuando recortes y austericidio obligaban a minimizar gasto público a quien no le temblaba la mano al hacerlo, aunque hubiese prometido lo contrario en campaña. En realidad, los recortes no fueron tales, sino que tu dinero y el de esta plumilla se fueron a una deuda mastodóntica y a un rescate bancario nunca devuelto. Entre 2019 y 2024, el gasto del Gobierno Sánchez en mantenimiento aumentó cerca de un 49%, pero el incremento de viajeros en la Alta Velocidad fue del 77%, sobre todo, tras el fin de la etapa de liberalización del transporte ferroviario que tiene como fecha emblemática el 14 de diciembre de 2020, cuando se abrió al capital privado el transporte ferroviario de viajeros y las vías se llenaron de golpe y porrazo, además, con billetes al alcance de todos los bolsillos.
“Democratización del AVE”, te dijeron los falsos liberales, esos que siempre salen impolutos de todo, porque predican contra los impuestos y el Estado, pero cuando hay un accidente, una pandemia, un volcán o una catástrofe, lloran y suplican a papá Estado que les reponga lo perdido, por favor, que nos hundimos. ¿Es sostenible un Estado de bienestar que garantice los mismos derechos y oportunidades a todos/as con el sistema actual de financiación, mantenimiento, actualización o privilegios que arrastramos desde la Transición? ¿Es ilimitada la capacidad de esta España nuestra para ir cada vez más rápido y más atestada con idénticas garantías que a principios de siglo? ¿Quiénes se están quedando por el camino más allá de las vidas irrecuperables de accidentes proporcionales a nuestras inseguras aspiraciones (547 millones de viajeros, más de 44 en AVE en 2025)? ¿Es posible que quienes prometen rebajas de impuestos, recorte del Estado, privatizaciones a gogó, centralización de competencias… resuelvan un meollo estructural que consiste en abarcar menos, pero abarcar mejor? ¿En qué momento creímos que el AVE era la garantía de un país cohesionado con un diseño centralizado donde todo tiene que pasar por Madrid? ¿Tenemos que llegar más rápido o tenemos que llegar mejor y, sobre todo, vivas? ¿Dónde están los límites del negocio con nuestras vidas?
Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.