Opinión
No ir a la Luna

Escritora y doctora en estudios culturales
"La Luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos. /El niño la mira mira. /El niño la está mirando", entonaba Lorca en un Romancero gitano que todavía se desliza por la memoria de muchos. Entre esos versos y la misión Artemis II media un mundo dislocado y una razón perdida en los manubrios del mal llamado progreso. Hace unos días, hemos sido testigos del lanzamiento de la cápsula Orión desde Florida, con cuatro astronautas dentro que persiguen acercarse a ese satélite para examinarlo de cerca y captar imágenes. El objetivo último de tal empresa se encuadra en la consabida competición por la hegemonía mundial desatada entre Estados Unidos y China, dentro de la cual la potencia americana quiere exhibir su liderazgo.
Mientras caen bombas y drones sobre Irán, el pueblo palestino continúa sufriendo famélico, y la crisis energética provocada por el cierre del estrecho de Ormuz se ensaña con los más vulnerables, nos llegan ecos de un supuesto triunfo occidental que, por ahora, ha costado unos 93.000 millones de dólares, según datos de la BBC. La Luna tiene minerales y mucha agua –dicen–, en un eco macabro de la película Don’t look up; se podrían establecer bases –argumentan–; esta misión colocaría a la humanidad más cerca de Marte, el sueño húmedo de un Elon Musk que una vez afirmó: “Cualquier civilización que se respete a sí misma debe tener al menos dos planetas”. El problema es que sólo tenemos uno, y está quedando tan marchito que da pena verlo.
La carrera espacial actual –para la cual tanto Musk como el también magnate Jeff Bezos han creado sendos programas– se está narrando con un tono laudatorio que evoca el período de la Guerra Fría y vuelve a situar un supuesto poder omnívoro del hombre por encima de todos los seres y lugares. Que no haya habido misiones en la Luna desde 1972 y ahora se supere aquel hito sirve a analistas y charlatanes por igual para derramar su incongruente fe en la tecnología como mecanismo salvífico para nuestra especie, en una lógica que, sin embargo, hace aguas si echamos la vista atrás. Pues, si en aquella época el cuestionamiento de esa megalomanía extractivista ya se estaba efectuando, por ejemplo, en el informe Los límites del crecimiento –realizado por científicos del MIT y dirigido por Donella Meadows–, hoy en día se han multiplicado hasta la saciedad las alertas respecto a la crisis climática, la imposibilidad de infinitud en un planeta cuyos recursos son limitados, o el sinsentido de querer prolongar políticas imperialistas más allá de nuestras lindes terráqueas: aunque habitar Marte se tornase una realidad, lo sería apenas para una minoría y en condiciones deplorables, como ha advertido en numerosas ocasiones la pensadora ecofeminista Yayo Herrero. En qué beneficia una misión lunar al bienestar colectivo y en qué lo perjudica con su derroche de combustible y otras materias primas son preguntas que debería hacerse cualquier ciudadano responsable; desde luego, cualquier gobernante que asegure representarlo.
Más allá de la ilusoria hazaña lunar y el resto de viajes interestelares planeados para los próximos lustros, nos hallamos ante lo que el filósofo Jorge Riechmann llamó "movimiento antropófugo", una huida de la condición humana manifiesta en esos cohetes que despegan, pero también en la escapada actual hacia los universos virtuales. La automatización (y disminución) del pensamiento a través de las redes sociales o la destrucción de fenómenos básicos para la convivencia como la verdad o la autoridad –en el sentido clásico– formarían parte del mismo proceso alienante por el cual vamos perdiendo grados de todo lo que nos había caracterizado desde tiempos inmemoriales. Pareciera, entonces, que mientras más se amplifica un sonado antropocentrismo en supuestos hitos como Artemis II, más pequeños nos volvemos a ojos de nuestra supervivencia moral, intelectual, afectiva… Y climática. Podríamos plantearlo de esta otra manera: desde la Luna no se ven las raíces. El niño que la mira posa los pies en la tierra y quizá sienta el caudal de un acuífero debajo, los insectos que la orean o la semilla que germina. El que pise los cráteres del satélite, si llegase a producirse tal desmán, habrá perdido toda noción de su propia naturaleza y la memoria que favorece el significado de lo que somos. Por eso, resulta tan espeluznante comprobar las alabanzas a la tarea de los astronautas; tan nocivo el despliegue mediático favorable respecto a programas que dan nuestro propio planeta por vencido y que, además, proceden de quien, obstinado, azuza la guerra.
Ojalá alguien fomentase pronto una misión telúrica: paraíso justo aquí, sobre la superficie que sostiene nuestros cuerpos y los alimenta; utópico cometido destinado a reducir nuestra huella medioambiental, disminuir la violencia e instaurar un esplendoroso aparato de justicia restaurativa para compensar el daño ya causado. Entonces comprendería yo, junto a multitud de compañeras, el boato, el confeti televisivo, la alegría cotidiana en su polisón de nardos.
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