Opinión
Matad a los expertos

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Me sobrepasa hablar con cierta persona de mi entorno que está enganchada a la inteligencia artificial; no se le puede hacer partícipe de ninguna conversación, da igual si es sobre política o economía o fútbol o historia o el tiempo que hizo ayer en la toledana Sagra, sin que saque su teléfono móvil y le pregunte con el chat de voz a Gemini, la IA generativa de Google, si cierto dato o afirmación irrelevante que alguien acaba de dar es cierto; es como hablar en tiempo real con un verificador sesgado e impreciso de la Fox; como si nos hiciera demostrar nuestros conocimientos ante un tribunal nacido del escupitajo en un cubo de un financiero periquero de Nueva York y un programador virgen adicto a Reddit.
Es desesperante e imposible convencerle de que la información que le proporciona esa IA solo es la regurgitación de lo que raspa de decenas de fuentes humanas y poco eficientes, como artículos publicados vete tú a saber cuándo en medios de comunicación, pasados después por la criba ideológica y fetichista que le ha construido Gemini con precisión, basándose en su historial, para ofrecerle una perogrullada simplona de dos líneas que se amolde como un zapato Castellano artesanal a su sesgo predilecto; no entiende que una IA no es un oráculo proveedor de un sentido común de época, ni siquiera un simple buscador al estilo Google, el cual, pese a sus fallos y sesgos, ofrecía un ramillete de contenidos entre los que el usuario navegaba, sino un sofisticado algoritmo que funciona con prompts y especulación financiera para crear un producto atomizado que retenga la atención del usuario con cumplidos y reafirmaciones, igual que los dependientes de Zara cuando te dicen que ese traje de color verde moco te queda como un guante. No importa, por ejemplo, que un catedrático en ingeniería nuclear le explique que España no tiene capacidad material ni técnica para construir armas atómicas: si Gemini, después de deducir su opinión por el tono de la pregunta, le responde que sí, grabará la afirmación en una placa de mármol y la exhibirá en el salón como una contestación a ese gafotas estudioso al que ha hecho callar –no tengo ni la más remota idea, por cierto, de si España tiene capacidad para construir armamento nuclear, pero no me importaría nada viendo cómo está el mundo–.
Y este es precisamente el verdadero peligro de las IAs generativas, su capacidad para devolverte tu simplón prejuicio transformado en argumento; su capacidad para revestir con una capa de verborrea preprogramada cualquier pregunta hasta transmutarla en afirmación. Cualquier duda será respondida con una aserción si sabes cómo planteársela –y ellas se encargarán de enseñártelo: para eso fueron creadas–; todo es posible en su universo de clics y retóricas estultas donde lo importante es la complacencia menos orgánica posible.
Este fin de semana, con las crisis del hantavirus, hemos visto a Fernando Clavijo, todo un presidente de las Islas Canarias, responder a un informe técnico con una contestación estrujada de ChatGPT –lo de los roedores arbóreos reconvertidos en Michael Phelps, ya sabéis–. Más allá de la mofa, que en este país tan nuestro es muchas veces necesaria porque burlarse de una persona es casi siempre la mejor forma de desarmarla intelectualmente, su caso es el paradigma perfecto del ataque contra el conocimiento y el trabajo intelectual que suponen las IAs; ¿por qué requeriría de un experto para una consulta si ya hay un algoritmo cuasiperfecto que confirme mis intuiciones, aunque sean falsas, de curioso vuelaplumillas?, ¿por qué haría caso a ese profesional o persona informada si puedo desarmarla con un programita improductivo que me sirva como coletilla de autoridad digital –“dime si esto es verdad, @grok”–?, ¿para qué voy a aceptar la opinión de un experto, o para qué voy a molestarme yo en cultivar e informar mi curiosidad en un tema, si ya tengo una herramienta que aterrice mi chatarra mental en beneficio de mi filia?, ¿para qué incluso voy a charlar distendidamente sobre la verosimilitud de una idea si puedo preguntarle directamente a Gemini si es posible esa opción y tomar su respuesta de una línea como una verdad bíblica revelada, algo que es menos estimulante aunque más sencillo que convencer a la otra persona con un despliegue de argumentos y oralidad? La muerte del conocimiento experto y colegiado, la curiosidad y hasta el debate es inminente, solo hay que sentarse y esperar.
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