Opinión
Nostalgia de Waterloo

Periodista
Todos los caminos llevan a Waterloo. En el otoño de 2023, después de las últimas elecciones generales, Santos Cerdán voló a Bruselas para negociar la investidura de Pedro Sánchez. Aquella fotografía con Puigdemont no solo rompía el último tabú del procés sino que además allanaba el camino a la ley de amnistía. Lo que hasta entonces había sido imposible se volvió de pronto inevitable. Más tarde vendrían las pataletas ultras en las inmediaciones de Ferraz, los saludos a la romana y las llamadas al alzamiento nacional. Daba igual. El PSOE se había asegurado cuatro años más de presidencia.
Las protestas de Ferraz continuaron por otros derroteros. Santos Cerdán pasó por Soto del Real, el juez Juan Carlos Peinado se encarnizó con Begoña Gómez y el Tribunal Supremo jubiló al fiscal general del Estado con una sentencia dudosa. El que pueda hacer, que haga. El caso Leire Díez puso la fontanería del PSOE en primera plana y las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero han terminado por convertir el debate público en una especie de casa de empeños. Total, que la derecha en su conjunto da por amortizada la legislatura y Feijóo llama a apresurar las elecciones.
El problema, una vez más, es urdir una moción de censura que no termine naufragando en el ridículo. Descartemos, pues, resucitar a Ramón Tamames. Aparquemos la idea peregrina de una moción instrumental capitaneada por Marcos de Quinto o Rosa Díez. Los números, de todas formas, no acompañan. Carles Puigdemont levanta la mano y señala el camino de Waterloo pero Feijóo no está por la labor. Dice que hay que hacer las cosas bien. Que puede ser presidente pero no quiere. De todas formas, la invitación suena a farol, una astuta triquiñuela que permite a Junts dar la espalda a Sánchez sin terminar de dar la cara a Vox.
El PNV, por su parte, descarta unir su destino a la extrema derecha pero pide extinguir la legislatura. Dicen las malas lenguas que Aitor Esteban quiere evitar a toda costa un superdomingo electoral en 2027. Si las elecciones municipales y forales coincidieran con las generales, el marco estatal acabaría por arruinar las expectativas de los jeltzales. Para muestra, un botón: en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, en la Comunidad Autónoma Vasca, el PNV cedió la primera plaza a EH Bildu y cayó a la tercera posición por detrás del PSOE. Esteban aún no se ha enfrentado a las urnas como presidente del partido y no puede permitirse un patinazo.
El otro día, no obstante, Imanol Pradales vino a decir que el PNV tiene las alarmas encendidas ante la emergencia de Vox. ¿A qué viene entonces reclamar un adelanto electoral que podría dar con Santiago Abascal en el Consejo de Ministros? Si algo podemos confirmar es que el PP no cuenta con los votos necesarios para llegar por sus propios medios al poder. Da igual que María Guardiola o Juan Manuel Moreno Bonilla hayan fingido jugar esa carta. Al margen de las teatralizaciones, los pactos recientes en Extremadura, Aragón y Castilla y León vienen a corroborar que el PP y Vox forman un matrimonio desprejuiciado.
Vistos los antecedentes, las alarmas de Pradales deberían encenderse también ante el PP. Los jeltzales, sin embargo, han concedido a los de Feijóo un papel protagonista en la política vasca. En 2023, el PP entregó al PNV el mando en las Juntas Generales de Gipuzkoa y en un puñado de ayuntamientos de Bizkaia y Araba donde EH Bildu había sido primera fuerza. Desde entonces, el PP ha suscrito diferentes pactos fiscales en Araba y ha aprobado en una ocasión los presupuestos de la Diputación de Gipuzkoa. El pasado mes de marzo, Esteban y Feijóo escenificaron el deshielo en Bilbao. Según el líder del PP, se abre un "nuevo camino" en sus relaciones.
Quizá, y solo quizá, el PP y el PNV sueñan con regresar a los viejos tiempos, cuando Rajoy gobernaba y Esteban le aprobaba los presupuestos sin la competencia doméstica de EH Bildu. Vox no pinchaba ni cortaba en el Congreso y el PSOE estaba en manos de la vieja guardia, diputados dispuestos a regalarle al PP la presidencia con una generosa abstención. Es la misma vieja guardia que se puso de morros cuando Sánchez lideró la moción de censura de 2018 de la mano de fuerzas independentistas. La guerra interna sigue su cauce con los berrinches de Felipe González y el desafío reciente de Jordi Sevilla.
Suena de fondo la artillería del acoso y el derribo contra Sánchez. Por tierra, mar, aire, periódicos, parlamentos y juzgados. El fin último de la operación no es solo sacar al presidente de la Moncloa, sino sacarlo también de su partido. Que el PSOE vuelva por sus fueros, los de Javier Lambán, Guillermo Fernández Vara y Emiliano García-Page. Así, con un poco de suerte, podríamos contar con un estadista de la talla de Feijóo gobernando sin deudas con Vox. El PNV retornaría a los tiempos gloriosos de Iñigo Urkullu y Carles Puigdemont volvería a comerse los mocos en Waterloo. La nostalgia vestida de moderación.


Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.