Opinión
Orgullosamente fuera de la burbuja de los constreñidos

Periodista y escritora
Quien ha tenido que llevar una faja o un corsé por obligación sabe lo que es el ahogo. Pero, sobre todo, conoce la fabulosa sensación de relajación que se siente al quitártelo. Cuando te quitas un corsé que te han puesto, normalmente por enfermedad o para "corregir" algún daño del cuerpo, te invade tal liberación que supera con mucho lo físico. Te sientes libre también mentalmente, te sientes tú, notas cómo se expande la parte de tu organismo que ha permanecido constreñida y la celebras. Respiras mejor, te mueves mejor, comes, bebes y todo lo demás muchísimo mejor.
Yo crecí y pasé toda mi juventud y la primera edad adulta habitando en la sociedad corsé, esa burbuja donde los rancios imponen su ley. Bien es cierto que siempre he sido abiertamente bisexual, desde que recuerdo, pero bisexual encorsetada. Ya no. Hubo un día, hace bien poco, en el que dije "esta señora es mi mujer", y no sólo fue una declaración pública, sino un paso fuera de la burbuja de los constreñidos y las constreñidas.
Salir de la opresiva burbuja del heteropatriarcado es mejor que quitarse el corsé, infinitamente mejor que arrancarse la faja. Es una fiesta, una verdadera celebración del ser. No se trata de armarios, afortunadamente nunca he tenido que esconder mi sexualidad. Se trata de habitar otro mundo: un lugar donde te preguntas quién eres y decides mirarte a fondo, sin prejuicios; un lugar libre de uniformidades, sin esa homogeneidad triste que los machos blancos, ricos y heterosexuales (de puertas afuera) han impuesto como "normalidad".
Cuando abandonas la burbuja de los constreñidos no cambia solamente tu sexualidad, por supuesto. Cambia tu forma de moverte, de peinarte, de vestirte, de mostrarte ante el resto de tus semejantes. Eso modifica la autoestima. Llevar la contraria a los cenizos rancios siempre ofrece grandes ventajas para el amor propio. Entonces te das cuenta de la gran, inmensa cantidad de personas que estaban ahí fuera, nadando libremente en mar abierto.
Todo lo anterior sucede precisamente por eso, porque existe todo un movimiento ahí fuera, organizado, comprometido y antiguo, que conoce la importancia de lo colectivo y lo cuida con el amor con el que se mantiene lo que te da la vida. La burbuja tóxica del hetero patriarcado intentará, como siempre ha hecho, contaminar hasta la destrucción tanta libertad. Será en vano, de nuevo.
Cuando esta semana el ex presidente Felipe González mostró su "inquietud" por "lo larga que se va haciendo la lista" —y enumeró "LGTBI no sé qué y al final, como no cabe, plus"—, me llevé una alegría. Pensé: ya era hora de que se dieran cuenta —él y todos los constreñidos— de que la burbuja es la suya, de que el resto nadamos libres. Por eso viven con ese gesto de incomodidad, de ahí les viene la bilis que destilan las palabras de González (dicho sea de paso, harían bien en el PSOE en plantearse por qué no le cursan la expulsión que hace tiempo viene pidiendo a gritos). No están cómodos porque su burbuja es cada vez menor y cada vez somos más quienes estamos fuera.
Orgullosamente fuera de la burbuja de los constreñidos.
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