Opinión
Pertenencias

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Cuatro euros con cincuenta céntimos por un café de especialidad servido con leche de vaca ecológica. Un importe ciertamente considerable que ha entendido excesivo y le ha nublado un poco el ánimo, en contraste con el moderado entusiasmo que lucía previo al atraco; cuando todo parecía aún posible, el cielo frío de Madrid centelleaba en lo alto y ella, cubierta con un gorro de lana gruesa color mostaza, se adentraba en un establecimiento ecosostenible para ser, en efecto, sosteniblemente estafada.
Y ahora se consuela pensando que por cuatro euros con cincuenta céntimos tiene a su disposición —por tiempo limitado— un salero, un cubilete rebosante de azúcares blancos y morenos, un lugar en la mañana, wifi, una silla que intuye estable, y por supuesto un café, contenido en una delicada taza blanca. Por no hablar de la cucharilla, esbelta y grave, como una figurita de Giacometti. Todo ello dispuesto sobre una mesa, imitación nogal, de líneas sencillas y contorno oblongo. Y siente que menos da una vaca, y se ríe de su propia ocurrencia, porque precisamente una vaca, ordeñada a mano y en condiciones óptimas para el animal, es la que le brinda a su café esa cremosidad tan especial, que le evoca prados, cántaros y una vida lenta y plena. Y piensa si no estará idealizando la movida campestre, incurriendo en clichés que detesta, propios de toda esa gente aseada, bella y pretendidamente desaliñada que ve a su alrededor, a buen seguro creativa, gente con la que podría entablar algún tipo de conversación, incluso un puntual coqueteo, llegado el momento.
Pero no.
Y ahora mira a través de la enorme cristalera por donde se le derrama una ciudad que también siente propia; una vida le pertenece, piensa, la suya. Y ve pasar a un perrete atado a una correa cuyo extremo se pierde en el plano, como si el avance despreocupado del cánido husmeando orines ajenos fuera el preámbulo de algo mayor. Y, en efecto, es algo mayor lo que entra en escena. Del tamaño de un señor corpulento, cuya envergadura —sobre todo abdominal— le obliga a cambiar el eje de gravedad, reclinando espalda y hombros, también cabeza, a modo de contrapeso. Y el señor se muestra ufano, camina despreocupado, sonríe a la mañana, increpa amistosamente al quiosquero y después enmudece, como si una inquietud que creía olvidada le hubiera asaltado o se precipitara de improviso en pensamientos sombríos. Quizá es desgraciado y se acordó de repente. O peor aún; quizá, por un momento y en plena calle, le ha surgido la duda de si la guerra la perdimos todos o si, por el contrario, unos la ganaron y otros la perdieron, tal y como trata de hacernos creer la siniestra autarquía que habitamos, comandada por un ser igualmente siniestro, bajo la connivencia de separatistas, bolcheviques, proetarras y demás ralea, mientras todo el mundo, incluida esa joven de absurdo gorro mostaza que parece observarle al otro lado del cristal, se muestra ajeno al infausto devenir de una patria, la suya propia, que hace no tanto fue una, fue grande y fue libre.
Y nada, eso.
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