Opinión
Privada pantalla pública

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
A estas alturas nos hemos aburrido de las imágenes de Mariló Montero y David Broncano discutiendo en La revuelta. La bulimia de información que nos cae encima cada día impide que nos detengamos sobre cualquier cuestión más de lo que dura un TikTok. Sin embargo, el tenso intercambio entre presentador e invitada tuvo un chispazo de brillantez, antes de desbarrar hasta el superado debate de la tauromaquia, que merece un análisis.
Hace mucho que hemos asumido que la televisión, también los canales públicos, se han convertido en negocios tan sujetos a las lógicas del mercado como cualquier otro. La competencia entre cadenas, la acumulación del poder mediático en unas pocas manos y el desvergonzado sesgo proveniente de intereses comerciales y políticos que nada tienen que ver con la deontología periodística, son realidades tan asentadas que las aceptamos como el ecosistema natural del que nacen los medios de comunicación.
Por eso, el hecho de que un programa de entretenimiento, en horario de máxima audiencia, se detuviera a debatir –aún buscando el salseo– sobre lo que una televisión pública debe o no debe ser, no deja de ser un parpadeo breve pero significativo de los tiempos en que nos ha tocado vivir.
Se quejaba el otrora rostro principal de la Televisión Española vinculada al Partido Popular –y que en esta ocasión acudía a ser entrevistada en calidad de concursante de reality– de la supuesta falta de diversidad de la actual cadena estatal. Hay que recordar que Mariló Montero es una de las contertulias de los debates políticos de Telemadrid, la cadena que sin ir más lejos tomó tal cual hace unos días unas supuestas declaraciones de Pablo Iglesias… tuiteadas por una cuenta parodia.
Insistía Montero en que en la actual TVE hay “izquierda por la mañana, izquierda por la tarde e izquierda por la noche”. En el que fue seguramente el momento más brillante del programa, un señor del público confrontó a la periodista para preguntarle si que en un espacio televisivo se defienda una vivienda digna –ay, pobre artículo 47 de la Constitución– o más medios para la investigación de las enfermedades raras lo convierte en un panfleto de izquierdas. No supo responder la aspirante de Masterchef Celebrity, pero así funciona la tan cacareada polarización: cuando uno de los vértices se vuelve tan extremo, lo decente pasa a considerarse radical.
Como estudié Periodismo, recuerdo aquellas clases en las que se nos explicaba el nacimiento de los medios como extensión del espacio público, ocupando las ondas como se ocupan las calles. Y por tanto canales que deberían regir las mismas lógicas que los destinados al encuentro social, respetando la convivencia y el equilibro de la ciudadanía. Con todo, aquellas herramientas ideadas para informar, formar y entretener derivaron muy pronto en altavoces perfectos para la difusión de las peores horas de la existencia humana.
Pero la fácil comparación con el uso de los medios masivos de información que hicieron las dictaduras del siglo XX parece quedarse corta. Si entonces se machacaba con un mentira dicha mil veces para convertirla en verdad, hoy sumamos verdades que se retuercen otras tantas hasta que dudamos de ellas. Quedó claro con el momento en el que Elon Musk celebró la victoria de Trump con el saludo fascista, y tantos medios corrieron a explicarnos que lo que habíamos visto no era lo que habíamos visto.
Y así estamos. Tan acostumbrados a que prensa, televisión y radio sirvan de caja de resonancia de lo que los grandes poderes de este país quieren que sea objeto de nuestra atención y frustración que cuando La Revuelta (al que le podemos hacer muchas otras críticas, claro) da voz a científicos, deportistas con discapacidad o activistas de fines sociales, una parte de la sociedad se revuelve con un escozor que no reconoce en las emisiones de su bando. A nadie le molesta el olor de sus propios pedos, claro.
Lo peor es que, mientras nos entretenemos con polémicas que duran un bostezo, se impone el incontestable hecho de que las pantallas públicas y privadas –que no dejan de ocupar un espacio de todos, aunque sea a través de cables y ondas– sean parte de facto de un sistema empresarial y de influencia en el que cada vez cuesta más hallar reductos de su primera naturaleza. Y cuando aparecen, ya no podemos evitar olisquearlos con sospecha.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.