Opinión
El ser o no ser de la sanidad pública

Por Marta Nebot
Periodista
Mi abuela decía que la vejez es muy fea. Lo que ella no llegó a saber es que con una sanidad pública sana la vejez se pone más bonita.
Mi padre lleva siete meses esperando una operación quirúrgica de una hernia inguinal. Desde que se jubiló, andar y andar, hacer kilómetros diarios del brazo de mi madre por todos los rincones de esta ciudad, dueños de su curiosidad, de su tiempo y de sus fuerzas, es lo que les ha dado más vidilla, lo que les ha mantenido sanos, ocupados y contentos en esta etapa de la vida.
Hace siete meses que no camina.
Sus hijos, medio ateos, ahora rezamos por que no se nos muera de pena esperando en este Madrid que presume de tener la menor lista de espera quirúrgica de España, mientras tampoco le opera de cataratas porque no permite estar a la vez en dos listas de espera quirúrgica. Subrayo: en la Comunidad de Madrid no puedes estar en dos listas de espera quirúrgica a la vez aunque te haga falta.
Por eso mi padre lleva muchos meses condenado a no salir de casa y a leer con mucha dificultad. Nos da miedo que conduzca. Y así, prisionero de la sanidad madrileña, la vejez se afea -no cabe duda-.
La falta de verdad sobre los recursos sanitarios disponibles y sus listas de espera -como ya denunció el Tribunal de Cuentas en el informe que aquí enlazamos-, la falta de rendición de cuentas claras sobre la atención en cada comunidad autónoma -sin engaños ni maquillajes-, sobre qué hacen para hacer más eficiente el sistema -más allá de generar negocio para gigantes privados- es un grito de Munch multitudinario, un escándalo mudo ya muy largo, un cáncer que va royendo las entrañas al sistema convirtiéndolo en mentira, una bomba de destrucción masiva de esta democracia.
¿Qué sanidad universal es esta por más que se haya blindado su universalidad? ¿Puede el sistema autonómico justificar este robo de trascendente información pública, esta desinformación que destruye el mínimo de confianza imprescindible en cualquier democracia porque quiebra la certidumbre sobre el pilar fundamental, porque sin salud no hay nada?
La semana que viene se cumplen 40 años de la entrada en vigor de la Ley General de Sanidad aprobada en 1986, de la ley que puso en marcha la sanidad pública universal de calidad que la Constitución en su artículo 43 exigía y que, sin embargo, costó años aprobar.
La sanidad franquista, la que implantó la ley anterior de 1944, solo atendía a los afiliados a la Seguridad Social y a sus familias. El resto dependía de la beneficencia, tan precaria como estigmatizada, o de la privada. Ocurrían cosas que hoy consideramos tercermundistas. Muchos firmaban entregar su cuerpo a la investigación una vez fallecidos a cambio de asistencia sanitaria mientras vivían, por ejemplo. Los asilos, los manicomios, los hospitales para excluidos eran túneles de terror sin salida.
El sistema estaba muy fragmentado entre el INSALUD, creado en 1978, la Seguridad Social, las diputaciones provinciales con sus hospitales propios, los ayuntamientos con sus dispensarios, la sanidad militar, la Iglesia con sus hospitales de beneficencia y las mutualidades para funcionarios. Cada uno tenía sus reglas, financiación y población cubierta. La atención primaria era más que precaria. Los recursos que había se dedicaban a la atención hospitalaria. Era un sistema para tratar la enfermedad, no para prevenirla. Y la red de hospitales públicos era escasa sobre todo en las zonas rurales. Había enormes desigualdades territoriales entre provincias ricas y pobres, entre las ciudades y el campo.
La batalla política y social para aprobar la nueva ley en los 80 en el Congreso de los Diputados y en el Senado cuenta mucho sobre de dónde venimos y dónde estamos. La biografía de Ernest Lluch, el ministro de Sanidad que la firmó, subtitulada "Biografía de un intelectual agitador", escrita por Joan Esculies, lo detalla.
Aquel texto legal tuvo que superar cinco enmiendas de devolución al Gobierno, tres enmiendas a la totalidad con texto alternativo y cinco vetos del Senado. Al final salió adelante por 172 votos a favor, 74 en contra y 8 abstenciones. Es curioso hacerse consciente de que fue aprobada por la misma mayoría que hoy apoya al Gobierno y que la disputa principal no superada entre los dos principales partidos, PSOE y entonces Alianza Popular, fue por más sanidad pública o más sanidad privada. El ala conservadora se llegó a posicionar en contra de llamarla "pública" porque eso era demasiado "estatista".
Cuarenta años después seguimos en la misma batalla, aunque ahora tendríamos que darle algo más la razón al PCE, el Partido Comunista de España, que en un principio se opuso a la ley porque en su opinión dejaba resquicios por los que la sanidad privada podría hacer negocios.
Lluch hizo participar a todos los estamentos sanitarios en su redacción. Algunos de ellos todavía transmiten la ilusión enorme y el gigantesco trabajo colectivo que la engendró.
Una enfermera que estuvo en aquel proceso, una que luego fue maestra de enfermeras, una que no quiere ser protagonista pero que es historia viva de nuestra sanidad, se pregunta dónde está hoy la ilusión y el empuje para blindarla, ampliarla y mejorarla; para frenar su destrucción masiva. "Soy consciente de que la ilusión nunca es la misma por algo que empieza que por mantenerlo", me dice al otro lado del teléfono con su voz hermosa de anciana sabia que vivió en España un salto cualitativo genial: que la seguridad social se convirtiera en la columna vertebral de España. Hoy lamenta que no haya a la vista otra ilusión más, que no haya una voluntad política rotunda que pare el deterioro de nuestra sanidad, que incluso aspire a verla mejorar y ensanchar.
Eso sería hacer este país más grande, eso sería afianzar esta democracia, eso sería volver a hacer política de la que hace historia.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.