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EUROPA ES AHORA

La sombra renovada del fascismo ¿Se informa o no se informa?

Ningún periodista acudió el cierre de campaña de Amanecer Dorado, el partido neonazi que aspira a ser la tercera fuerza política en Grecia. "nos acusan de fascistas pero más fascistas son ellos que se niegan a contar lo que hacemos”, critica la formación.

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Ilías Panayótaros, de Amanecer Dorado, en el mitin de cierre de campaña. CLEMENTE BERNAD
Una mujer sostiene un móvil delante de un micrófono, para recoger la intervención desde la cárcel del número 2 de Amanecer Dorado, Jristos Papás. CLEMENTE BERNAD

ATENAS.- En un restaurante cretense, en el barrio de Exarjia, el de más influencia anarquista de Atenas, un grupo de españoles, acompañados por una mujer griega discuten acaloradamente. Acaban de llegar del mitin del cierre de campaña del partido de ultraderecha Amanecer Dorado. En el acto no había ni un solo periodista y el motivo del debate posterior es si hay o no que contar esa información.

Los argumentos son variopintos. Alguien opina que la derecha puede haber ejercido esa especie de derecho de veto informativo porque la amenaza de crecimiento electoral de la extrema derecha puede movilizar la participación electoral y más voto hacia Syriza. Otro opina que en ningún caso hay que informar de “esa gente”, que dar noticias sobre ellos es colaborar y propagar su mensaje.

Otro recuerda que Alberto Ruiz Gallardón destituyó al jefe de informativos de Telemadrid por emitir un documental sobre el País Vasco en el que hablaba Arnaldo Otegi, y el deber de un periodista es hablar con todas las partes. Desde una esquina alguien añade que en los grandes medios españoles ha existido un pacto de silencio para que los líderes de la izquierda abertzale no fueran nunca entrevistados.

La conversación se interrumpe cuando una camarera deja la carta del menú sobre la mesa y aclara que en ese restaurante no dan comida griega, sino cretense. Alguien lanza un comentario sobre el nacionalismo pero inmediatamente después, la joven griega pone en duda que haya algún tipo de consigna para no informar de ese tipo de actos. El periodista y el fotógrafo defienden que hay que informar con rigor, contextualizando, no dejando ninguna duda sobre las intenciones de esa fuerza política y su ideología fascista.

Entonces una directora de documentales independientes insiste en que contar es propagar. La conversación parece el arranque de un capítulo de la serie The Newsroom o una de las discusiones sobre ética periodística de la serie danesa Borgen, que por lo visto les encanta a los expresidentes de gobierno. Los españoles han ido a cubrir las elecciones griegas pero eso no evita que con ellos hayan viajado los fantasmas de su cultura política.

Los españoles han ido a cubrir las elecciones griegas pero eso no evita que con ellos hayan viajado los fantasmas de su cultura política

La chica griega de repente señala a un conocido periodista heleno, experto en información internacional, Petros Papaconstanti. Inmediatamente alguien se encarga de que entre en la conversación. Él dice que la extrema derecha recibe dinero del Estado para financiar su campaña en televisiones y que eso es un escándalo.

Después alguien le pregunta qué opina de Podemos. Habla del discurso efectista de Pablo Iglesias junto a Txipras en el cierre de campaña, explica que el público estaba entregado y que él fue listo porque si hubiera hecho otro tipo de intervención más larga y política habría quedado fuera de lugar. Y entonces añade: “El problema para Podemos creo que son las elecciones municipales en España, porque entonces tendrá que desvelar algunas de sus cartas con su política de alianzas. También afectará un poco lo que ocurra con la política de Syriza, porque si Txipras gobierna y acepta condiciones de la Unión Europea eso puede desinflar las expectativas de lo que ocurra en España”.

La discusión no se detiene y se habla de la cobertura de los asesinatos de Charlie Hebdo en París, de la información sobre ETA, de los pactos a los que a veces llegan los grandes medios para invisibilizar aspectos de la realidad, de que cómo puede un sociólogo decir que algo se oculte…

Lo cierto es que a las siete de la tarde pequeños grupos de neonazis se habían encontrando alrededor del centro cultural del barrio dedicado a Aléxandros Papagos, una colonia militar, camino del aeropuerto ateniense, donde Amanecer Dorado tiene uno de sus bastiones electorales. Ya es de noche y de la puerta de la sala donde se va a celebrar el acto se escucha una música que recuerda a marchas berlinesas de los años treinta del siglo pasado.

Sin periodistas en el cierre de campaña

"No nos hacen caso porque nos acusan de fascistas pero más fascistas son ellos que se niegan a contar lo que hacemos”

Ni un solo periodista está cubriendo el cierre de campaña del grupo político que ha hecho temblar de miedo a las democracias europeas, reavivando el fantasma del fascismo. El acto se retrasa y mientras un miembro que ejerce como portavoz explica que ellos están encantados de recibir periodistas. “No nos hacen caso porque nos acusan de fascistas pero más fascistas son ellos que se niegan a contar lo que hacemos”.

El portavoz pide por favor que las fotografías se hagan cuando la sala esté llena, que están cansados de que manipulen la información acerca de sus actos públicos, cuando son un grupo político transparente, que reciben bien a todos los periodistas y que tienen que soportar el maltrato de los medios. Seguidamente solicita una dirección de correo electrónico a la que enviar información de sus actividades y entre los recién llegados se despliega un denso e incómodo silencio.

Sobre una mesa, algunos folletos de propaganda y entre ellos una octavilla en la que pueden verse las fotografías de sus dieciséis principales líderes; seis de ellos están en la cárcel, tres en arresto domiciliario y dos no pueden realizar ningún tipo de declaración pública.

Su gran esperanzas es ser la tercera fuerza política y que si Syriza y Nueva Democracia no consigan formar gobierno; entonces el parlamento tendrá que reclamar la presencia de uno de sus dirigentes encarcelados al que corresponderá tratar de alcanzar un acuerdo. Si alguno de los líderes del partido neonazi tuviera que salir de la cárcel por ese motivo sería un duro golpe para la democracia griega y para ellos una enorme victoria, mucho más potente que sus resultados electorales.

El portavoz explica que esperan obtener unos resultados de entre el 7,5% y el 8%. En ese momento se acerca a saludar su máximo líder en libertad, Ilías Panayiótaros; con la cabeza bien rapada y una corpulencia que asusta y que permite imaginárselo dando órdenes en un campo de concentración. Él será quien dirija el discurso político desde un atril presidido por su logotipo, sacado de una imagen de la Grecia antigua que según ellos representa a dos hombres sujetándose por los brazos pero que es claramente una sigilosa deconstrucción de la esvástica.

Detrás de la normalidad

El acto empieza y en la sala hay alrededor de cien personas. Primero habla la mujer de uno de los dirigentes presos. Después el padre de un joven militante que fue asesinado por dos miembros de un grupo antifascista. Y finalmente Panayiótaros sube al estrado. Esta haciendo un discurso más político. Hay algo que multiplica el miedo a un líder como él; la normalidad. Parece por su gestualidad un hombre dicharachero y bonachón, alguien con quien podrías cruzarte tranquilamente por la calle, pero si uno introduce su nombre en Google encuentra las brutales declaraciones exigiendo violencia y mano dura.

Mientras él habla, una mujer sale de la sala con un teléfono móvil en la mano y vuelve a entrar. Panayiótaros se aparta del micrófono y del altavoz del móvil sale la voz de Jristos Papás, uno de los dirigentes que va a participar en el mitin desde la cárcel. Es el momento álgido de su cierre de campaña y entre los asistentes se arma un pequeño revuelo, por lo que significa para ellos romper simbólicamente su régimen penitenciario y escuchar a uno de sus iluminados salvadores de la pureza griega. Cuando cuelgan el teléfono su líder vuelve a su tranquila oratoria, interrumpida en solo dos ocasiones por los aplausos o las exclamaciones de sus fervientes seguidores.

El discurso acaba con la alusión a un militar muerto en una crisis con Turquía y cantando en formación el himno griego, firmes, con el cuello bien estirado, con las voces atronadoras de una sombra renovada del fascismo que se remueve alentada por la crisis y las políticas antisociales.

Ha sido un acto de perfil bajo, porque haber sido la tercera fuerza política en unas elecciones es su techo y sólo pueden ampliar su espectro electoral disminuyendo el nivel de miedo que producen. El tirón de Syriza ha podido arrebatarles una parte del descontento del electorado griego con las políticas europeas, a una formación que ha declarado públicamente que hay que asesinar banqueros, buscando de ese modo el voto de quienes más han sufrido las irracionales consecuencias de la crisis.

Es interesante discutir sobre lo que se puede o debe contar de la realidad. En todas las conversaciones se palpa un intenso aire de cambio, un hartazgo convertido en esperanza. Nos hablan de un grupo de danesas que vienen a vivir lo que puede ser un giro de Europa. Lo cierto es que el domingo el pueblo griego, durante unas horas, tendrá el poder de decidir. La Europa de la austeridad ha desactivado su departamento de sustos, ante la clara posibilidad de que las amenazas económicas no ponen al electorado heleno a favor de los banqueros alemanes.

Alguien antes de levantarse de la cena comenta en broma que habría que buscar la mesa electoral en la que ejercerá su derecho al voto el cantante Demis Russos; el griego que más penetró en la cultura popular española en las últimas décadas. Alguien podría pensar que acabar esta crónica con un comentario acerca del cantante con la mayor colección de túnicas de Europa resulta frívolo. Pero ocurrió, ¿no debía contarlo? Las cartas están repartidas; a ver qué pasa mañana.

*Emilio Silva es sociólogo y periodista
Fotografías de Clemente Bernad: visite su web

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