Opinión
Tres focos, una sola tensión: Cumbre de Shanghái, ataque de EEUU en Venezuela y una Europa buscando su sitio

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
El ruido del hiperbólico clima político nacional ha hecho que los acontecimientos en el ámbito internacional de estos primeros días de septiembre hayan pasado bastante desapercibidos para la mayoría de la ciudadanía. Y, sin embargo, la política internacional atraviesa un momento crítico de reconfiguración acelerada. Esta semana, tres episodios aparentemente desconectados han puesto en evidencia el reajuste de fuerzas en el tablero global: la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), el ataque de EEUU a un barco con presuntos narcotraficantes en aguas venezolanas, y una nueva cumbre de la "Coalición de voluntarios" que vuelve a evidenciar la falta de brújula común del continente ante los desafíos globales y, por supuesto, su subalternidad de EEUU.
Detrás de cada uno de estos acontecimientos las preguntas son las mismas: ¿quién manda en el mundo multipolar que se está gestando? ¿Qué papel están jugando las potencias tradicionales? ¿Y dónde queda Europa?
La reunión del día 3 de septiembre de la Organización de Cooperación de Shanghái celebraba su cumbre anual en Beijing. Coincidía además con la celebración de la victoria sobre Japón de la Segunda Guerra Mundial. En este ágape se dio cita el conocido como "eje de agitación" o de las potencias CRINK, un conjunto de países que comparten una oposición al orden global liderado por EEUU. De los 26 líderes convocados, sólo seis gobiernan sobre democracias. Como no podía ser de otro modo, la reunión tuvo lugar en un ambiente cuidadosamente coreografiado, con fuerte presencia mediática y con una escasa presencia occidental, acudieron, eso sí, Hungría y Eslovaquia, y en ella se ha consolidado su narrativa como alternativa al modelo geopolítico impulsado por Estados Unidos y sus aliados.
Con China y Rusia al frente, la OCS, que también incluye a potencias regionales como India, Irán, Pakistán o la mismísima Corea del Norte que asistía por primera vez, se presenta como un bloque defensor del multilateralismo soberanista, una etiqueta que sirve para justificar la cooperación entre regímenes autoritarios y democracias "de baja intensidad". En esta edición, el discurso de apertura del presidente chino, Xi Jinping, fue contundente: "La era de la hegemonía unipolar ha terminado. Es hora de un orden internacional más justo y equilibrado".
Vladímir Putin, presente en la cumbre pese a las sanciones occidentales, aprovechó para cerrar nuevos acuerdos energéticos con China e Irán y para insistir en que la OCS debe asumir un papel más activo en la resolución de conflictos internacionales “sin injerencias externas”.
El hecho cierto es que, más allá de tratarse solo de gestos simbólicos o discursivos, la OCS está tejiendo un ecosistema de poder paralelo, especialmente en Asia y África, donde su modelo de cooperación sin condicionamientos democráticos sigue ganando terreno. Es relevante mencionar algunos de los puntos acordados en esta reunión incluyen el establecimiento de un sistema de pagos regional alternativo al SWIFT, algo que se ha debatido en distintas reuniones de los BRICS, pero que ahora lidera China; una declaración rechazando las medidas coercitivas unilaterales, incluidas las económicas, en clara referencia a la política arancelaria de Trump; y, muy importante la inclusión oficial de Turquía como socio estratégico especial, único país OTAN vinculado a la OCS lo que acentúa su condición de puente entre Occidente y el Sur Global, una jugada diplomática que incomoda tanto a Bruselas como a Washington.
Y mientras esto sucedía en Beijing, en el Caribe la tensión se disparaba tras el ataque de EEUU sobre un barco venezolano que, según el Pentágono, transportaba armas y drogas hacia Centroamérica. La operación, llevada a cabo por drones desde bases en el Caribe oriental, se justificó oficialmente como una “acción preventiva contra redes de narcotráfico con vínculos terroristas”. Por supuesto, el gobierno de Nicolás Maduro denunció el ataque como una “violación flagrante de la soberanía nacional” y ha solicitado una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU, además de activar contactos con China, Irán y Rusia, todos aliados estratégicos de Caracas en los últimos años.
En un giro previsible, la OCS ha condenado el ataque en un comunicado conjunto, acusando a Washington de aplicar una doctrina "colonialista" en América Latina. El bloque ha ofrecido apoyo logístico a Venezuela para reforzar su vigilancia marítima, alimentando los temores en EEUU de una creciente presencia naval china y rusa en el Caribe. Aunque Washington insiste en que se trató de una intervención limitada contra el crimen transnacional, el gesto envía un mensaje claro: la política de fuerza sigue vigente en la agenda hemisférica de EEUU.
Mientras tanto, en París se reunía el bloque la coalición de voluntarios convocados por el presidente Emmanuel Macron. Los líderes debatieron el incremento del gasto militar, el apoyo a Ucrania, y la necesidad de actuar con firmeza ante "las amenazas híbridas provenientes del Este y del Sur". La reunión estuvo marcada por el tono beligerante, la sintonía con Washington y, paradójicamente, la ausencia institucional de la Unión Europea como tal.
La contradicción es evidente: mientras se habla de "autonomía estratégica", se refuerza una lógica de dependencia militar respecto a EEUU y se evita cualquier crítica a acciones como el ataque en Venezuela. Lejos de construir soberanía europea, esta coalición parece centrada en alinearse con la política de seguridad de Washington, incluso cuando sus consecuencias son desestabilizadoras para regiones enteras.
El escenario actual muestra una tendencia clara: mientras Occidente titubea, el resto del mundo se mueve. La OCS avanza con un proyecto geopolítico ambicioso, que gana peso en el sur global. EEUU recurre al uso de la fuerza para mantener su influencia, aunque cada vez con menos legitimidad internacional. Y Europa, atrapada entre la retórica y el miedo a la irrelevancia, no logra definir su papel.
Lo que antes eran episodios aislados —una cumbre asiática, una operación militar en el Caribe, una reunión de líderes europeos— hoy conforman un mosaico de tensiones conectadas, donde el reparto de poder está cambiando de manos.
Quizá el gran titular de septiembre de 2025 no sea ninguno de estos eventos en particular, sino la confirmación de que el orden global está mutando, sin que Europa termine de asumirlo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.