Opinión
El discurso del odio: de las palabras a los votos

Por María Navarro
Periodista de 'La Cafetera' de radiocable.com
-Actualizado a
No podemos decir que el triunfo de Jair Bolsonaro nos haya cogido por sorpresa, como tampoco lo hizo la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Pero no hay tiempo para lamentaciones. Conviene actuar, desde los medios de comunicación, desde la sociedad civil, contra quienes a través del discurso del odio y el miedo quieren coartar nuestros derechos y libertades.
Con el triunfo del ultraderechista Bolsonaro en Brasil se confirma la efectividad del discurso de odio en sociedades polarizadas y en las que impera el miedo frente a la razón. El discurso del odio recogía de nuevo este domingo sus frutos electorales.
Sobre esto mismo escribe Ricardo Cueva, quien define el discurso del odio como “cualquier forma de expresión (...) cuyo propósito fuera el de discriminar, menoscabando su dignidad, a un grupo social o a sus miembros por su sola pertenencia al mismo”.
Nos suena. ¿Verdad?
El discurso del odio se fundamenta en la creación de un enemigo común, en el caso de Bolsonaro y líderes similares, los colectivos a los que han apuntado sus polémicas declaraciones han sido los inmigrantes ("México nos envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, que son violadores"); las mujeres “Cuando eres una estrella puedes hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el coño, lo que quieras“) y el colectivo LGTBI (“Preferiría que mi hijo muera en un accidente que llegue a casa con un tipo que tiene bigote”).
La filósofa Ángela Sierra González[1] explica cómo a través de “la figura del enemigo” se consigue “un consenso en negativo”, “con capacidad de engendrar adhesión social”. De tal manera que “el odio compartido proporciona la ilusión de la unanimidad”.
De ahí que el discurso del odio traslade cierto sentimiento de pertenencia a quienes no se engloban en esa amenaza, a quienes sienten que forman parte de algo, aunque sea a costa de otros, de a quienes van dirigidas las muestras de odio.
El miedo, motor de odio
Para la construcción de la figura del enemigo invocar al miedo es clave. Como lo fue en la victoria de Bolsonaro, en concreto el miedo a la inseguridad ciudadana[2]. “El odio encuentra orden donde hay caos, y decisión donde hay incertidumbre (…) aclara las filias y, también, las fobias”. Y Bolsonaro parece saberlo.
Es la creación de un enemigo común lo que dinamita algo tan imprescindible en los tiempos que vivimos como es la empatía. El puente que podría trasladarnos a las realidades de los más desfavorecidos y actuar en consecuencia para lograr un mundo más justo es lo que precisamente destruye el discurso del odio. Hasta tal punto que aparecen los procesos de deshumanización: “Procesos de distinción de un grupo de personas o personas, mediante el cual una persona o un grupo de personas pierden o son despojados de sus características humanas”.
“¿Por qué recibimos a gente de países de mierda?” se atrevió a decir Trump durante una reunión para renegociar el programa que concede residencia legal a inmigrantes de Haití, El Salvador y países africanos.
Este tipo de mensajes suelen ser mucho más efectivos en contextos de polarización, idóneos para que cale el discurso del odio y este se convierta en victorias electorales como la de Jair Bolsonaro. Siempre evitando cualquier tipo de consenso con la parte contraria, para así mantener la polarización. El consenso “sólo puede entenderse como un fracaso” para este tipo de discursos.
¿Del dicho al hecho?
A estas polémicas declaraciones hay quienes les quitan hierro argumentando que son solo declaraciones y que, una vez lleguen a gobernar se dejarán llevar más por “el pragmatismo” que por el fanatismo. Así lo argumentó Pablo Casado sobre Trump.
Pero, ¿acaso hay que esperar a que gobiernen para comprobar su fanatismo?
Incluso, en ocasiones tendemos a pensar que todo fue fruto de la descontextualización para poder explicar o asimilar una declaración tan polémica como puede ser que un líder político asegure que si gana las elecciones expulsará a los refugiados sirios que lleguen a su país. Quizás como una de las pocas formas de asimilar que un candidato pueda señalar de esa manera a un sector de la población.
Pero ahí están, ahí quedan las palabras formuladas e insertadas en las conciencias de millones de personas. Y mientras a unos les escandaliza a otros les va calando en su subconsciente hasta decidir su voto en unas elecciones.
Por tanto, sí. La responsabilidad social de los medios y de la opinión pública es señalar los discursos de odio y sus mentiras. Como sociedad (y desde los medios) tendremos la responsabilidad de buscar la verdad frente a los discursos racistas, machistas, homófobos y, en definitiva, fascistas que se abren paso en la esfera política y social.
La falta de credibilidad política del contrincante como oportunidad de ascenso
La falta de credibilidad del candidato contrario es un vacío que discursos como el de Trump y Bolsonaro han pretendido (y en parte conseguido) llenar. Escudándose en la estrategia del miedo consiguen instalar sus planteamientos racistas, machistas y homófobos.
Se aprovechan del desgaste del candidato contrario e instalan miedos en la población a cambio de votos. Y parece ser que (desgraciadamente) les funciona.
La responsabilidad social de los medios (y las redes sociales)
¿Cómo se ha podido instalar la ultraderecha? Nos preguntamos cuando ya es demasiado tarde, cuando las encuestas ya anuncian el triunfo de un candidato de ultraderecha.
Algunos lo achacan a que se les da protagonismo en los medios de comunicación. Pero, ¿y las redes sociales? Tanto Trump como Bolsonaro reconocen que su popularidad no tiene su origen tanto por medios sino por las redes sociales. “No estaría aquí si no fuera por las redes sociales”, decía Trump.
Bolsonaro, a pesar de no liderar la presencia en TV, sí lo hace en redes sociales como Facebook e Instagram. WhatsApp ha sido la plataforma a través de la que 6 de cada 10 votantes de Bolsonaro leen noticias. Y en Facebook sus partidarios movilizaron 38 millones de interacciones de contenido entre otros, antifeminista.
"No tenemos un gran partido. No tenemos fondos para la campaña. No tenemos tiempo en televisión", dijo Bolsonaro durante un mitin . "Pero tenemos algo que otros no tienen: a ustedes, al pueblo brasileño”.
Tanto han centrado las redes sociales la campaña de Bolsonaro que incluso ha sido acusado por su contrincante de campaña ilegal en las redes sociales, “de solicitar envíos masivos de mensajes en las redes sociales a través de WhatsApp, financiados por líderes empresariales, en una presunta violación de la ley de financiación de la campaña”, según explica Reuters.
Cierta es la parte de responsabilidad de los medios. Sin embargo, puede que no tanto por el efecto agenda setting (la influencia de la selección de temas de los medios en los asuntos que interesan a la opinión pública) sino por el tratamiento informativo que le demos a las informaciones referidas a la ultraderecha. Porque ésta ya ha encontrado su plataforma alternativa a los medios, las redes sociales.
De ahí la responsabilidad de los medios y la sociedad en su conjunto de señalar las mentiras en las que se escudan los mensajes de odio de líderes como Bolsonaro que participan en democracia sin creer en ella.
Frente a quien no cree en la democracia, frente al ultraderechista, racista, machista y homófobo, tengámoslo claro: Ele Não
NOTAS
[1] González, Á. S. (2007). Los discursos del odio. Cuadernos del Ateneo.
[2] Bolsonaro defiende la pena de muerte, la castración química y el fin del estatuto de desarmamento que prohíbe a los brasileños tener armas en sus casas: "Tenemos que poder defendernos de los bandidos, debemos hacer como los norteamericanos".
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