Opinión
Por un voluntariado transformador, también en las situaciones de emergencia

Vocal de Ciudadanía Global y Voluntariado de La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo
Ya ha pasado más de un mes. En nuestra retinas aún pervive la imagen de miles de personas cruzando las pasarelas del río Turia de un lado a otro para llevar agua y comida a los municipios devastados; miles de personas que no lo pensaron un instante y se movilizaron para colaborar en tareas de limpieza y apoyo mutuo. Una imagen que siempre estará en nuestra memoria y que da cuenta de esa esencia que compartimos como humanidad: la solidaridad y el apoyo en momentos extremos sin importar quiénes somos, dónde nacimos o nuestras identidades.
Como en toda emergencia humanitaria que se produce en cualquier lugar del mundo, las primeras personas que ayudan a quienes más lo necesitan son sus vecinos y vecinas. El instinto humano de cuidados colectivos salva a quienes tenemos al lado. Gentes voluntarias que, sin pensarlo un minuto, se activan en defensa de la vida. Así fue en Valencia, como fue hace años en Centroamérica con el huracán Mitch, en el terremoto de Haití o, salvando las diferencias, en Siria, Ucrania o Palestina.
En Valencia, esa marea ciudadana respondió de manera auto-organizada en los primeros días cuando las instituciones estuvieron ausentes en muchos lugares. Entonces, quienes primero llegaron a algunas poblaciones afectadas fueron, precisamente, personas voluntarias. Muchas de ellas, no podemos olvidarlo, forman parte de nuestras organizaciones: ONGs de Desarrollo muy acostumbradas a lidiar con situaciones similares en otros lugares del mundo y, sobre todo, con el valor de la solidaridad muy afianzado.
En este contexto, no podemos olvidar una cuestión muy relevante. Si algo ha llamado la atención en esta solidaridad espontánea, han sido los y las jóvenes. La llamada generación de cristal ha demostrado que no lo es tanto y que pone el hombro cuando se trata de abrir paso a la vida. Una chavalada que no dudó y tomó lo que tenía más a mano para contribuir a las tareas de limpieza que, en un primer momento, fueron cruciales.
Voluntariado y Estado, necesariamente complementarios
La enorme respuesta ciudadana a esta inédita emergencia en la historia reciente de España ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el voluntariado como herramienta de solidaridad, participación y transformación. La esencia del voluntariado reside en su capacidad de contribuir a cambios sociales y políticos en la defensa de los derechos humanos, la protección del medio ambiente, el freno a las desigualdades… Ahí es donde está su enorme potencial y donde debemos poner el foco.
Si bien es cierto que en los primeros momentos tras el impacto el apoyo ciudadano es esencial, también lo es que este se queda incompleto si no viene acompañado de una acción reforzada de las administraciones públicas. Precisamente, el voluntariado además de canalizar la participación ciudadana -tal como recoge la Constitución- sirve para incidir en las políticas públicas. Por eso es fundamental que se entienda como una actividad complementaria a la de los poderes públicos y, siempre coordinada con ellos. El voluntariado nunca debe sustituir al Estado y a sus instituciones.
Situaciones como la vivida en Valencia sirven para poner en valor a quienes a diario se levantan y contribuyen de manera voluntaria a la construcción de entornos amables para la vida. Personas que apoyan a ancianos y ancianas; colectivos que trabajan junto a población migrante (que en este caso, por cierto, no dudó en sumarse a las labores de asistencia y limpieza); gente joven que defiende los derechos de las mujeres o la protección del planeta. Personas que, además, en ese hacer colectivo, presionan a sus gobiernos para generar cambios que garanticen vidas dignas en nuestros barrios y en cualquier lugar del mundo.
Hoy, Día internacional del voluntariado, debemos sentir orgullo de una ciudadanía que apoya masivamente la solidaridad. Según el último informe del Observatorio del Voluntariado más de cuatro millones de personas realizan este tipo de iniciativas. Más de cuatro millones de personas que entienden que la solidaridad y los cuidados colectivos son esenciales para la vida. Una riqueza enorme que debemos reconocer e impulsar de manera colectiva; también desde las instituciones públicas. La ciudadanía, las organizaciones y el Estado deben ir de la mano y responder a este tipo de situaciones extremas; la actuación de unos sin los otros no tiene sentido si lo que queremos es promover transformaciones que garanticen los derechos humanos y protejan nuestro planeta. La DANA es una muestra más de la emergencia climática que vivimos en todo el mundo; una grave crisis que no sabe de fronteras y que seguirá golpeando con fuerza si no somos capaces de actuar de la mano. En ese camino, debe guiarnos la disposición y el compromiso demostrado hace un mes por quienes cruzaban el Turia.
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