La crisis del independentismo más allá de los partidos: menos militancia y poder de convocatoria
Mientras Òmnium resiste con más de 175.000 afiliados y un carácter transversal que le permite implicarse en múltiples campañas, la ANC y el Consell de la República se desangran con batallas internas y han visto muy reducida su incidencia política.

Barcelona--Actualizado a
Con los momentos álgidos del procés cada vez más lejos en el tiempo, el independentismo catalán vive su particular travesía del desierto. La crisis del movimiento es especialmente visible a nivel institucional, con la pérdida de la mayoría absoluta en el Parlament que sumaban ERC, Junts y la CUP desde hacía más de una década y, especialmente, el acceso a la presidencia de la Generalitat del PSC en agosto pasado, un hecho inédito desde 2010.
Pero la falta de una estrategia conjunta y los constantes reproches cruzados van más allá de los partidos y también impactan en el llamado independentismo civil, es decir, a las entidades, que han perdido militancia, capacidad movilizadora e influencia política, aunque en grados muy diversos. A pesar de que hay algún elemento en común, la situación varía bastante entre Òmnium Cultural, la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y el Consell de la República, las tres principales entidades independentistas.
Seguramente el ejemplo más extremo de la situación lo constituyen movimientos como el Tsunami Democràtic y los Comitès de Defensa de la República (CDR). El primero, que jugó un papel clave en las principales movilizaciones de otoño de 2019 en contra de la sentencia del Tribunal Supremo en el juicio del 1O, desapareció repentinamente pocos meses después.
Desde entonces el único rastro que quedó fue una larga causa judicial, instruida fundamentalmente por el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón. El caso sirvió para imputar a dirigentes políticos como el expresidente Carles Puigdemont o los republicanos Marta Rovira y Ruben Wagensberg, entre otros, además de personalidades como el periodista de la Directa Jesús Rodríguez. La surrealista causa por terrorismo finalmente tuvo que ser archivada el verano pasado.
En cuanto a los CDR, tuvieron un rol especialmente destacado en la organización del referéndum del 1 de octubre de 2017 y en las movilizaciones contra la represión de los meses posteriores, así como en las protestas de 2019 de rechazo a la sentencia del Supremo. A partir de aquel momento perdieron fuerza.
Exponentes del llamado independentista octubrista –aquel que reivindica la aplicación del "mandato del 1 de octubre", lo que vendría a significar considerar como válido el resultado del referéndum-, hace mucho tiempo que su capacidad de convocatoria está bajo mínimos, y básicamente se suma a movilizaciones de otras entidades, ya sea la ANC o las concentraciones para reclamar la reconversión de la Jefatura de Via Laietana en un espacio de memoria. Conviene recordar que la entidad convocó inicialmente una concentración en agosto pasado contra la investidura de Salvador Illa como presidente de la Generalitat, pero la desconvocó a continuación.
La irrelevancia del Consell de la República
Mientras Òmnium Cultural mantiene una presencia constante en la sociedad, un abanico diverso de actividades y una masa social muy destacada a pesar de tener una ligera tendencia a la baja –más de 175.000 socios al cierre de 2024–, la ANC y el Consell de la República son noticia últimamente sobre todo por crisis internas y no por grandes movilizaciones o proyectos propios.
En el caso del Consell, este mismo miércoles ha dado a conocer los resultados de sus elecciones internas, que han servido para escoger al abogado Jordi Domingo como nuevo presidente. La participación ha sido muy baja, con solo 8.108 votos, el 9% del censo que reconoce la entidad –unas 90.000 personas–, y destaca el casi nulo apoyo recibido por el ex conseller y eurodiputado electo de Junts, Toni Comín, que solo ha obtenido 745 sufragios, el 9,2% de los emitidos.
Impulsado en 2018 por el expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, con el objetivo de dirigir el movimiento independentista desde el exilio, la realidad es que el ente no ha dejado de ser nunca un satélite de Junts y no ha conseguido ningún tipo de unidad. La CUP declinó participar en él en todo momento y ERC solo se implicó de manera muy tímida al inicio para dejarlo al cabo de un tiempo.
Abocado desde hace muchos meses a la absoluta irrelevancia política –sobre todo desde que Puigdemont abandonó su presidencia–, ahora mismo no está nada claro que el Consell tenga garantizada la supervivencia. Sin estructura técnica desde hace unas semanas –despidió a todos los trabajadores–, la campaña electoral interna ha estado marcada por las acusaciones de presuntas irregularidades contables y de acoso contra el exvicepresidente de la entidad, Toni Comín. Unas acusaciones que, sin duda, han marcado los resultados de los comicios. El primer paso de Domingo debería ser, por lo tanto, redefinir el proyecto del Consell para intentar darle algún tipo de vida y sentido.
ANC: pugnas internas y pérdida de socios
En cuanto a la ANC, hace apenas un par de días su presidente, Lluís Llach, reconocía que ha perdido una cuarta parte de la militancia desde 2019, al pasar de 40.000 a unos 30.000 socios. Las cifras quedan muy por debajo de los momentos álgidos de la entidad, cuando tenía una masa social de unas 100.000 personas, repartidas casi por la mitad entre socios de pleno derecho y simpatizantes.
Paralelamente, su capacidad de movilización también se ha reducido y, por ejemplo, la manifestación descentralizada de la última Diada del 11 de septiembre apenas reunió a unos 80.000 asistentes. El dato queda por debajo de los de 2023 (115.000) y 2022 (150.000) y está a años luz de la capacidad de convocatoria que tuvo entre 2012 y 2018 cuando se superaba con creces el millón de manifestantes o se situaba a tocar. Hace nueve días, además, la entidad solo aglutinó a un centenar de personas en una convocatoria contra la presencia del rey en l'Hospitalet, nada que ver con las miles que se congregaban unos años atrás en protestas similares.
Más allá de la pérdida de afiliados y de músculo en la calle, la ANC también ha quedado atrapada en múltiples confrontaciones internas y externas. Por un lado, la ANC mantiene la presión a las formaciones políticas, a pesar de que con una especial intensidad contra Esquerra Republicana. Los acuerdos entre Junts y el PSOE para la investidura de Pedro Sánchez han obligado a mantener una mayor equidistancia en las exigencias y críticas, pero la relación entre el presidente de la ANC, Lluís Llach, y el de ERC, Oriol Junqueras, es de total animadversión. La ANC exige a los partidos independentistas que rompan todos los acuerdos con los socialistas.
A nivel interno, los enfrentamientos han sido constantes. Primero fue la pugna por la confección de una lista electoral que defendía la anterior presidenta de la entidad, Dolors Feliu. La propuesta fracturó a la ANC entre partidarios de la lista y los que la rechazaban, provocó la dimisión de miembros del secretariado y finalmente fue desestimada por un escaso margen. Esta división se trasladó a las elecciones para renovar la dirección, que finalmente permitieron a Llach acceder a la presidencia pero no sin un largo y tortuoso proceso de bloqueo entre sectores.
Y finalmente, la última crisis ha sido la protagonizada por el exvicepresidente del Parlament, Josep Costa, abandonando el secretariado de la ANC por discrepancias con Llach. Costa acusó a Llach y a su dirección de tener una actitud "despótica" y de "chapucear" a la ANC.
La transversalidad y mayor fortaleza de Òmnium
Bastante distinta es la situación en Òmnium Cultural, que a pesar de experimentar cierto debilitamiento en la militancia, mantiene una fortaleza e incidencia social muy mayor que las otras entidades y, sobre todo, una transversalidad social mucho más amplia. La organización que preside Xavier Antich tenía a 31 de diciembre del año pasado 176.325 socios, con una ligera tendencia a la baja desde los 190.000 que llegó a lograr (cerró 2021 con 189.820 afiliados, 2022 con 181.482 y 2023 con 178.239).
El procés elevó la masa social de una entidad que ya tiene más de seis décadas de vida –se fundó en 1961– y que en 2002 apenas reunía a 12.000 socios, una cifra que ya era de 25.000 en 2010. Superó los 50.000 afiliados en 2015 y se situó en el umbral de los 100.000 en 2017, para casi doblarlos los siguientes años para tocar techo en 2021. Paralelamente, según informa su área de comunicación, la comunidad de Òmnium aglutina a 861.147 personas, que son aquellas que "se implican económicamente o activamente en proyecto concretos", por encima de las 846.913 de 2023 y las 819.905 de 2022.
Òmnium ha fijado una estrategia diferenciada de la confrontación que defiende la ANC, y mantiene discrepancias que en algún momento han hecho inviable la organización de actos conjuntos, pero sin llegar al enfrentamiento directo. El talante de Òmnium es más conciliador con el conjunto de las fuerzas políticas independentistas y ha redefinido su estrategia para poner el foco en la construcción nacional, sin abandonar la aspiración independentista y la defensa del derecho a la autodeterminación.
Centra la actuación del día a día en la defensa del catalán y la cultura catalana, y compagina estos temas con la lucha por los derechos fundamentales, democráticos y de cariz social, lo que en Òmnium se conoce como "las luchas compartidas". Cuestiones como la denuncia de la lenta aplicación de la ley de amnistía o la campaña para reclamar la reconversión de la Jefatura de la Policía Nacional de la Via Laietana únicamente en un centro de memoria son centrales en la entidad. Según Xavier Antich, "ahora lo que hace falta es trabajar para la construcción nacional mediante un nosotros inclusivo, y para sumar nuevos catalanes que se sientan orgullosos de su país y contribuyan a la liberación nacional".


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