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España-México: un desacuerdo sobre la crisis en Venezuela

La visita de Pedro Sánchez a México termina con buenas palabras entre los dos gobiernos, pero evidenciando la distancia entre ambos países en relación con Venezuela. España participará en el plan mexicano de desarrollo para Centroamérica que busca frenar la migración hacia Estados Unidos.

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Pedro Sánchez saluda al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. / EFE

Pedro Sánchez llegaba a México con dos misiones: convencer a Andrés Manuel López Obrador de que se sume a las presiones contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro, y lanzar un mensaje de tranquilidad a las empresas españolas, intranquilas por los cambios que pueda impulsar el nuevo mandatario. Después de dos días de intensa agenda en el país centroamericano, no parece que haya cumplido expectativas. Al menos, no al cien por cien. Tanto Sánchez como López Obrador se esforzaron en mostrar sintonía y presentarse como aliados estratégicos. Sin embargo, el mexicano no se ha sumado al Grupo de Contacto para Venezuela que promueve la Unión Europea y, en el ámbito económico, Acciona y FCC han recibido la notificación de la suspensión de las obras del nuevo aeropuerto, un macroproyecto presupuestado en cerca de 4.000 millones de euros. Al final, sobre el papel, apenas quedan dos declaraciones: una genérica sobre Centroamérica y otra, política, llena de buenas intenciones, pero sin compromisos prácticos.

El asunto de Venezuela no estaba en la agenda cuando se acordó el viaje pero la coyuntura obliga. La visita ha permitido que se visibilizasen dos estrategias. Por una parte, la de Sánchez, acordada con la Unión Europa y que fija un ultimátum a Nicolás Maduro: o convoca elecciones presidenciales antes del domingo o los países europeos reconocerán al opositor Juan Guaidó como jefe de gobierno. Por el otro lado, López Obrador se presenta como un país neutral, reivindica el diálogo “sin condiciones” y rechaza la intervención extranjera (sea esta violenta o a través del reconocimiento de Guaidó. Fuentes de la diplomacia española celebraban la “unidad de acción” lograda con la iniciativa europea y señalaban que, por el momento, no se plantean medidas de presión contra el Gobierno de Venezuela más allá de convertir a Guaidó en interlocutor oficial. México, por su parte, ha convocado a una cumbre de países neutrales junto a Uruguay. Tendrá lugar en Montevideo el próximo 7 de febrero y cuenta con el apoyo de Naciones Unidas. ¿Son compatibles ambas estrategias? Maduro se ha mostrado dispuesto a aceptar la vía de diálogo que promueve México, pero los opositores lo rechazan: no contemplan ningún tipo de escenario que no comience con la marcha del presidente del palacio de Miraflores. Además, en Madrid consideran que “el diálogo desde la equidistancia” (donde se ubicaría México) no ha dado resultados. Es decir, que se enmiendan intentos como el protagonizado por el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.

En términos económicos, Sánchez debía lidiar con unos empresarios intranquilos ante la llegada de López Obrador. El nuevo presidente tiene como líneas estratégicas la lucha contra la corrupción y un cambio en el modelo energético, y eso puede afectar a contratos ya suscritos. Una de sus decisiones más polémicas fue poner fin al proyecto de aeropuerto en Ciudad de México diseñado durante la administración de Enrique Peña Nieto. Esto ha tenido impacto en empresas como FCC o Acciona, que fueron notificadas de la paralización de los trabajos precisamente cuando Sánchez se encontraba en México. Los empresarios quieren que el presidente español aproveche su buena sintonía con su homólogo mexicano pera garantizar un trato preferente. Y reclaman “seguridad jurídica”, es decir, que no les cambien las reglas del juego. Habrá que ver hasta qué punto Sánchez tiene mano con el nuevo gobierno mexicano, teniendo en cuenta que más de 6.000 empresas españolas trabajan en el país norteamericano.

La visita oficial, la primera de un mandatario extranjero tras la victoria de López Obrador, se cerró con la firma de dos documentos. Por un lado, una declaración en relación a Centroamérica. En este texto, España se suma al Plan de Desarrollo Integral para la región promovido por México y que parte de la base de que generando crecimiento en los países de origen podrá ponerse fin a la migración irregular hacia Estados Unidos. La declaración habla de “combatir la desigualdad” e incluye a España en la elaboración de los planes, pero no da más detalles.

La otra declaración es política, pero tampoco va más allá de las buenas intenciones: reforzar la cooperación bilateral, promover el intercambio comercial, apoyo para que México renegocie el acuerdo con la Unión Europea, defensa de la lengua y cultura comunes. Básicamente, lo que se espera de una visita diplomática: buenas intenciones en trazo grueso y esperar a que los equipos técnicos profundicen.

Lo que este documento muestra también es los límites del consenso sobre Venezuela. “Reiteraron su preocupación por la situación política, económica y humanitaria en Venezuela. Acordaron mantener el diálogo sobre este y otros asuntos regionales, junto con otros actores relevantes, incluyendo la Unión Europea, a partir del compromiso mutuo con el Estado de Derecho, el respeto a los derechos humanos y la gobernabilidad democrática”. Lo suficiente para que ambos países puedan quedar satisfechos con la interpretación y para que los halcones y los partidarios de entrar en Venezuela lo critiquen por tibio.

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